El “drama” de trabajar en un banco: “un día me desmayé pagando pensiones”

“Eran casi las 2.00 de la tarde y había atendido como unos 80 clientes. Hacía calor y no había tenido tiempo de almorzar. De pronto sentí que se me apagaron las luces, me puse fría, las piernas se me aflojaron y cuando me di cuenta estaba en el suelo. Antes de caer al piso reboté contra la gaveta del escritorio y me herí la cabeza. Los clientes comenzaron a gritar y mis compañeros me levantaron y me dieron agua”. Con estas palabras, Ana María relata uno de sus peores días de trabajo.

Ana María se desempeña como cajera en un banco desde hace 14 años. Ella es docente de preescolar de profesión, pero  “por cosas de la vida”, consiguió colocación en una entidad bancaria y en su momento le pareció un trabajo cómodo y respetado. “Poco a poco las condiciones fueron cambiando y cuando comenzaron a pagar las misiones era una pesadilla. Las colas no desaparecían frente al banco y a los cajeros nos daba desesperación al llegar en la mañana y encontrar hasta 500 personas esperando para ser atendidas”.

Cuando el Gobierno comenzó a entregar tarjetas de débito a los beneficiarios de las misiones, los empleados de los bancos tuvieron un respiro, pero últimamente la situación se agudizó con el pago de las pensiones. La profesional, que tiene 39 años de edad, admite que estas últimas jornadas han sido “la locura”, porque los ancianos son un público “muy especial”.

“Trabajar con ancianos es delicado. Muchos de ellos padecen de la vista, no escuchan bien, caminan despacio, se cansan y si se ponen bravos te regañan como si fueras su hija, pero en general resisten bien las horas de espera, mantiene el buen humor, te traen mangos y hasta algún dulcito”, asegura Ana Maria, pero comenta que está arreglando todo para irse del país, porque “ya no soporta la presión que representa su trabajo en estos momentos”.

“Ya estoy cansado”

Pedro José tiene una visión menos amable del escenario bancario. El joven, de 27 años y estudiante de Contaduría Pública, admite que tiene “poca paciencia para tratar con viejitos”, porque son “gritones, mandones y desesperados” y todos quieren pasar primero. La mayor parte del tiempo se siente de mal humor y quisiera renunciar, pero sus compromisos académicos lo “obligan” a continuar.

“En verdad ya estoy cansado de lidiar con ellos (pensionados), porque no entienden que no podemos darles trato preferencial a ninguno porque todos son ancianos, están enfermos y se sienten cansados. Solo los que están en silla de ruedas y con muletas tiene prioridad y, sin embargo, son tantos que igual les toca hacer cola”, relata.

Para el cajero este es un trabajo “pesado y rudo”, que solo hace mientras se gradúa. “Tengo que estar saliendo a pedirles que se mantengan tranquilos y en orden, pero ellos no hacen caso, gritan, amenazan y una vez un señor me pegó con el bastón”, cuenta Pedro José y se señala la pierna derecha. “En cualquier momento me obstino y borralo”.

“Mucho trabajo y poco dinero”

Betzabé se siente “explotada” como cajera de banco. Sus jornadas “especiales” son de 12 horas o más, cuando suspenden el servicio eléctrico. Asegura que atiende más de 100 ancianos cada día y el ambiente de trabajo se ha desmejorado mil por ciento.

“Tenemos que trabajar con calor, sin descanso y los clientes nos maltratan, porque creen que es culpa nuestra que el banco no les pague completo o que se valla la luz. Al menos yo trabajo lo más rápido que puedo para que las colas caminen, pero no es fácil, porque la mayoría de ellos (pensionados) necesita ayuda, porque están cansados y enfermos, con hambre y sed”, reflexiona la cajera.

La joven de 31 años relata que su salario no justifica todo el trabajo y la presión que enfrenta cada día, sobre todo en estos momentos de hiperinflación, que el dinero se devalúa “minuto a minuto”. Amparada por la promesa de que se resguardará su identidad, añade que “a veces me dan ganas de dejar todo esto botado e irme pal…”.

Tres días de agonía

El pasado abril la Superintendencia de Instituciones del Sector Bancario (Sudeban), en conjunto con el Banco Central de Venezuela (BCV), el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS) y representantes de la banca pública y privada acordaron que el pago de la pensión se efectuaría según el terminal de cédula, durante tres días al mes.

Los empleados de los bancos opinan que con la medida los problemas no cambiaron, lo único que se consiguió fue dividir en tres jornadas la agonía de los ancianos que amanecen en las colas, sufren hambre, sed y tiene que hacer sus necesidades fisiológicas en la calle.

Los pensionados hacen lo que sea y aguantan de todo por obtener efectivo, porque la comida que se paga en efectivo es más barata y el dinero les rinde un poco más, también consiguen para pagar los pasajes y para “alimentar la ilusión de tener algo en la cartera”.

 

Redacción: Reyna Carreño Miranda

Fotografía: Archivo

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