Los cadáveres le cuentan “historias” a Jesús mientras los “prepara”

Jesús Cadenas tiene una capacidad especial para “escuchar a los muertos”, aunque confiesa que, después de 30 años como preparador de cadáveres, ya perdió todo tipo de sensibilidad frente a un cuerpo inerte.

A Jesús, los muertos le traen noticias, le cuentan historias de cómo fallecieron y hasta puede saber, mediante una observación minuciosa, como fue su vida y la causa real de su deceso. Él trabaja actualmente en Servicios Funerarios el Carmen, pero asegura haber laborado en casi todas las funerarias de Maracaibo y ser muy reconocido en el “ramo”.

“Hace unas semanas fui a buscar a un muchacho. Me dijeron que murió de dos tiros, uno en la pierna y otro aquí – y se señala el costado derecho-, pero cuando lo vi supe que los disparos fueron para inmovilizarlo, porque tenía partidas las piernas, un brazo y, de ñapa, una herida abierta en la cabeza”, relata y luego se encoge de hombros y frunce la boca, para detener unos segundos en veredicto: ajusticiamiento.

“Antes, cuando iba a buscar a un cadáver lo revisaba bien antes de sacarlo de donde estaba, para evitar malos entendidos. He encontrado muertos con golpes (hematomas) y cuando preguntaba me decían ‘eso se lo hizo cuando se cayó’. En esos casos yo reunía a las hijos para que ellos dieran la autorización, porque por ejemplo, un golpe en el ojo puede ser señal de un golpe infringido en el cráneo, con fractura, que evidencia un posible asesinato”.

Para Jesús, en otra época era fácil meterse en problemas si no se tenía cuidado, porque los preparadores se encargaban de todo. “Teníamos que buscar el cadáver, prepararlo y al otro día sacar certificado de defunción. Ahora es mejor, porque no podemos tocar el cuerpo sin el certificado de defunción que se lo entregan a los familiares. Yo lo meto aquí y listo”, sonríe y se toca el bolsillo de la camisa.

“Una vez me pasó con una señora que la nieta decía que estaba viva, yo dudé, pero le toque el pulso y le puse un espejo frente a las fosas nasales y no reflejó humedad, pero la muchacha no quería aceptar y tuvimos que esperar a que llegara el médico que certificó la defunción. Después la nieta me preguntó, como sabía yo que estaba muerta y le respondí ‘la experiencia mija’”.

– ¿En qué consiste tu trabajo?

– Aquí soy chofer, preparador y hago el entierro. Yo hago de todo, busco el cadáver donde está: hospital, clínica, en la morgue o en su casa, lo preparo, lo baño, lo visto, lo arreglo, lo meto en la urna, lo pongo en la capilla o lo llevo de regreso a su hogar si la familia decide velarlo allí. Luego realizo el traslado al cementerio.

Existen dos tipos de preparación, puyada y vía arterial. La puyada consiste en inyectar el formol en las vísceras. Con el otro método uno hace cortes aquí y aquí – y señala en el cuello la vena aorta y en la ingle la arteria femoral- y por ahí se pasa ácido fórmico para que se esparza por todo el sistema circulatorio.

El tipo de preparación se elige según la cantidad de días que el cuerpo va a ser velado, si es de un día para otro se puya, si el velorio es de dos o tres días, se hace vía arteria, además, así el cuerpo queda mejor, se usa menos formol y es más seguro.

– ¿Por qué elegiste trabajar con muertos?

– Comencé cuando tenía 25 años, por necesidad, porque no conseguí nada más, pero después me acostumbré y me gustó. Empecé aquí, en la funeraria El Carmen, como ayudante de los preparadores y mi trabajo era vestir los muertos después que los preparaban. A los dos años comencé a preparar.

En este trabajo uno pierde la sensibilidad. Esto es algo que se hace por necesidad, ya preparadores quedamos pocos. Todo lo que se lo aprendí en la universidad de la vida, en la calle y con la práctica. Hice mi curso de tanatopraxia, cuando estaba en Abadía Las Mercedes, pero nunca me dieron el certificado. Cuando me hicieron la prueba, ya yo sabía todo. A los nuevos trato de corregirlos, pero no me gusta enseñar, solo trato de explicarles.

– ¿Qué es lo más difícil?

– Nunca sentí miedo ni asco, aunque uno ve muchas cosas aquí, cuerpos abiertos, desmembrados y descompuestos. He ido a buscar cadáveres con varios días de muertos, llenos de gusanos.

La mayoría de las personas cuando mueren defecan o se orinan, entonces los familiares dicen ‘el cuerpo esta limpiecito’, pero cuando comienza el mal olor creen que ya se empezó a descomponer y es que está sucio.

Los cuerpos que se sacan de la morgue del cementerio están ya podridos, pero uno está acostumbrado. Cuando son casos forenses yo no los preparo, porque después de que el cuerpo fue manipulado para la necropsia, cuando uno va a trabajar encuentra que las venas están cortadas, entonces es mucho más difícil.

Lidiar con los familiares es complicado. En Abadía me tocaba maquillar, pero algunos familiares se quejaban y decían “pusieron a mi mamá como un payaso. A otros no les gusta como quedo el cuerpo, porque no le cierra la boca. Yo les explico que para cerrarle la boca hay que usar el método de preparación vía arterial, así, mientras se va inyectando el formol se aprieta la mandíbula y la boca se cierra.

– ¿También sabe maquillar?

– Si, aprendí en Abadía. Primero hay que echarle la base, después la riego, luego se aplica el polvo y un labial suave, a veces los familiares llevan sus propios cosméticos. Antes de meter el cuerpo en la urna se le permite al familiar chequear como quedó, para que lo terminen de maquillar a su gusto. Hasta me toca secarles el cabello a los difuntos.

– ¿En qué piensa mientras trabaja?

– Cuando estoy a solas con el difunto solo pienso en hacer bien mi trabajo, mirando los detalles. Esto para mi es algo normal, como cualquier otro trabajo y la muerte significa el descanso final, aunque le tengo miedo a morirme, porque todo malo es cobarde (risas), sobre todo porque tengo 55 años y hace nueve me diagnosticaron diabetes, lo peor es que no consigo los medicamentos.

Pienso también que esto no es para siempre, quiero seguir en esto hasta que me compre una camioneta, para hacer traslados y abrirme camino por mi cuenta, trabajando en el mismo ramo, pero independiente. De toda maneras, ya me acostumbré y cuando paso por mi barrio en la camioneta y los muchachos me hacen señas y me gritan “¡guillo!”, yo les respondo. “Alístense que ahorita los vengo a buscar a ustedes”.

Como si estuvieran vivos

Jesús admite que los muertos le han “pegado sustos”, porque se mueven, se estiran, por efecto de que “los tendones los tiene vivos”; también botan los gases y hacer ruidos.

“Me tocó preparar a dos hermanas mías. La primera tenía cáncer de seno y en broma ella y yo hicimos un pacto: yo prepararía su cadáver si ella me brindaba una botella de ron. El día que murió le acababan de comprar una botella, pero no para beberla sino para echarse en el cuerpo porque tenía ‘sarpullido’, un hermano mío la había escondido, pero yo le dije dame esa botella acá, que esa es mía, entonces junto con un sobrino, preparamos el cuerpo y luego nos tomamos el ron”, comenta con nostalgia y sentencia “Me pagó y yo le cumplí”.

Otra historia que se complace en relatar es sobre el velorio de su madre. “A mi mamá no la preparé yo, pero ella me decía que cuando muriera le colocara una caja de cerveza bajo la urna. Cuando murió le puse la caja donde ella quería, para que quien la fuera a ver se tomara una cerveza en su nombre, y mi madre cambio el semblante. Luego, en la noche se puso rara, como seria, porque a ella le gustaba la música de Julio Jaramillo, entonces al amanecer le pusimos música y cambio el rostro otra vez, como si estuviera contenta”.

El preparador asegura que ha hecho entierros y si los familiares dicen “vamos a pasar al difunto por aquí” y otros no quieren el muerto se “pone pesado, pesado, que no pueden con él”, pero cuando acceden a llevarlo a los lugares que frecuentaba en vida, se pone liviano. “Todo eso es verdad, a mí me ha pasado”.

Redacción y fotografía: Reyna Carreño Miranda

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