Embargo petrolero a Venezuela: ¿Cuán inminente y devastadora sería esta sanción de EEUU?

Hasta ahora todos esfuerzos de la comunidad internacional por tratar de obligar al gobierno de Nicolás Maduro a aceptar una salida electoral “creíble” a la crisis que viven los venezolanos han fracasado. Exhortaciones, amenazas y sanciones no han logrado detener la convocatoria a unos comicios presidenciales que atornillarían al chavismo aún más al poder y agravarían el éxodo de ciudadanos que huyen del colapso económico, la represión y la inseguridad.

El escenario ha radicalizado las posturas dentro y fuera del país, despertando la posibilidad de sanciones más drásticas como un embargo petrolero para doblegar a la revolución. Ésta opción ya había sido esgrimida a mediados del año pasado para tratar de frenar la Constituyente, pero quedó engatillada tras el intento de diálogo entre chavismo y oposición en República Dominicana.

Un embargo o boicot petrolero como el que obligó a Irán a firmar un tratado nuclear con EEUU,  viene a ser como una especie de arma de destrucción masiva dentro del arsenal de sanciones que Washington podría lanzarle al gobierno de Maduro, y por tanto no es una decisión que se pueda tomar a la ligera, ya que su onda expansiva generaría graves daños a la población venezolana, el mercado petrolero y por consiguiente al propio Estados Unidos.

Según declaraciones ofrecidas a mediados de 2017 al diario New York Times por David L. Goldwyn, ex enviado de alto nivel para asuntos energéticos del Departamento de Estado durante la administración Obama, “sanciones severas (a Venezuela) podrían conducir a una situación moratoria de sus bonos, un colapso de la inversión interna y la producción petrolera (…) otros efectos podrían incluir malestar social, flujo de refugiados a través de sus fronteras y el fin del apoyo económico de Venezuela para Cuba y Haití lo que podría generar flujos de migración hacia Estados Unidos”.

Tristemente las apreciaciones del especialista adscrito al think tank (grupo de pensamiento estratégico) Atlantic Council, fueron premonitorias y a la vez conservadoras, ya que estos escenarios de impago de deuda, caída de la producción y diáspora migratoria con caos humanitario en los países vecinos ya existen y se han venido agravando durante el primer trimestre de 2018, aún sin la aplicación de un embargo petrolero, lo cual demuestra cuán  vulnerable es la economía venezolana a sanciones más fuertes.

Fuentes de la administración Trump ha reiterado recientemente la postura previa a la Constituyente “de que con Maduro no se puede tratar por las buenas y están preparándose para pasar a una fase de mayor presión, incluyendo más sanciones individuales y sanciones al crudo venezolano”.

El pasado lunes 14 de mayo John Bolton, asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, aseguró al referirse a las presidenciales del 20 de mayo en Venezuela, que la estrategia de EE UU para hacerle presión al gobierno venezolano se encuentra en proceso y esperan que otros países latinoamericanos se sumen a las medidas.

Bolton explicó que “para que haya elecciones reales, justas y libres en Venezuela, Maduro debería estar fuera”, pero aseguró que el mandatario venezolano creó, después de Chávez, “un sistema represivo que representa un problema profundo” que EEUU no está dispuesto a tolerar.

Pese a la aparente determinación, uno de los mayores inconvenientes que mantienen el dedo de Trump fuera del gatillo en el tema de un embargo es el componente geopolítico, pues una reducción de las exportaciones venezolanas sin duda afectaría el flujo de caja y poder de maniobra del chavismo, pero también incrementaría los precios globales del crudo, fortaleciendo a adversarios como Irán y Rusia con quienes también han escalado las tensiones diplomáticas en los últimos tiempos.

Esto ya pasó de ser una proyección, a una realidad palpable que se evidenció el pasado martes cuando las incertidumbres por la ruptura del acuerdo nuclear entre EEUU e Irán y la caída en la producción venezolana por debajo de los 1,5 millones de barriles diarios, impulsaron el precio del crudo Brent a casi 78 dólares por barril (el más alto en tres años).

Otro bemol para EEUU sería el incremento temporal en los precios de la gasolina, mientras logra que sus dos proveedores principales, Canadá y Arabia Saudita, suplan los 700.000 barriles diarios que aún les vende Venezuela.

Bajo esta premisa, algunos analistas señalan que Washington perdería tanto como Caracas si se rompe la relación comercial, pero la realidad es que ya existe un precedente que demuestra lo contrario. Durante el paro petrolero de 2002 y 2003 los EEUU logró sortear el bache haciendo uso de sus reservas estratégicas mientras que el gobierno chavista resintió duramente la caída del ingreso petrolero.

Cabe destacar que hace 15 años las reservas internacionales y el aparato productivo nacional estaban en mejores condiciones que las actuales por las cuales Chávez pudo apelar a importaciones de Brasil y el propio EEUU para abastecer de alimento y combustible a la población. Estas opciones ya no están disponibles.

La gran interrogante es cuál sería el detonante para que Washington considere el impacto colateral de un embargo petrolero como un “costo aceptable”.

Roger Noriega, ex subsecretario de Estado para Asuntos Hemisféricos de EEUU opinó en julio de 2017 que un embargo petrolero a Venezuela “podría ser una de las medidas finales que ellos (la administración Trump) van a querer tomar, pero mientras tanto, hay otros pasos significativos que podrían adoptar que serían más cercanos a un disparo de rifle que un disparo de escopeta”.

El exfuncionario recomendó entonces la aplicación de sanciones directas a funcionarios del gobierno de Maduro, señalados de las violar los derechos humanos en el país. Esto no solo se cumplió en el último año, sino que incluso otros gobiernos y entes multinacionales como Panamá, España y la Unión Europea han aplicado sanciones similares, agotando la artillería intermedia.

El experto petrolero venezolano José Toro Hardy, estimó a finales de febrero de este año, que todavía queda una opción antes de activar un embargo. El economista asegura que si EEUU dejara de suministrar a Venezuela derivados de hidrocarburos necesarios para destilar el crudo nacional, gasolina y lubricantes para vehículos, “podría causar un impacto mayor” que dejando de comprar petróleo, ya que Maduro simplemente podría reubicar ese 30% cesante de su producción en mercados como China e India, quienes ya son sus clientes.

Según afirmaciones del propio presidente Maduro a finales del año pasado, el país se ha venido preparando para sustituir sus mercados en caso de que EEUU decida pasar del verbo a la acción, pero el país tendría que asumir las pérdidas que representarían una logística de traslado más costosa y los descuentos necesarios para competir en un entorno de sobreoferta, y todo esto en caso de que EEUU no presione a otros países a boicotear el crudo venezolano tal como lo hizo con Irán antes de obligarlos a frenar su programa nuclear. Las perspectivas lucen poco alentadoras.

 

Redacción: Luis Ricardo Pérez P.

Fotografía: Archivo

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