“La Faría”: Una comunidad que transformó a sus vecinos en verdaderos ciudadanos

Edificada en 1980 por la constructora Faría-La Roche, bajo el slogan de “un proyecto armónico y futurista”, La Ciudadela Faría presentaba un modelo urbanístico diseñado para crecer en función de las necesidades de una clase media en ascenso, pero su ubicación en lo que fuera la periferia de Maracaibo, ha planteado a lo largo de su existencia retos de convivencia con sectores aledaños, que han puesto a prueba y potenciado la capacidad organizativa de esta comunidad.

Con una densidad de 1352 viviendas distribuidas en 27 edificios de 31, 48 y 52 apartamentos, este conjunto residencial, como lo indica su nombre, es una pequeña ciudad dentro de Maracaibo, pero esto es solo la primera etapa del proyecto original que nunca llegó a finiquitarse debido a la crisis financiera de los años 90’s que dejó en manos de Fogade los terrenos de la segunda parte, situados junto a los que hoy es el barrio Nueva Democracia.

Emigrar en la ciudad

Moraima González, una de las primeras residentes de La Faría -como la llaman coloquialmente los vecinos- cuenta que en 1983 cuando su familia llegó a la urbanización, esa era una zona que nadie quería por lo lejana de su ubicación, pero era la única oportunidad de tener vivienda propia.

“La gente decía que quienes se mudaran para acá iban a tener que sacar pasaporte porque era muy lejos (…) en aquel entonces era un poco duro el tema de la distancia, pero compramos a un precio muy bueno y nos regalaron el papeleo porque nadie quería los apartamentos. Afortunadamente mucha gente de clase media creyó en el proyecto y se mudó”, detalla la actual vicepresidenta de la asociación de vecinos.

La zonificación y el costo de la tierra fue una ventaja desde el punto de vista urbanístico ya que el diseño del conjunto residencial fue hecho con una generosa distribución de los espacios. Todos los servicios públicos de electricidad, telefonía, agua y gas se hicieron de forma subterránea. Las vías internas cuentan con carreteras de dos vías, aceras pavimentadas y amplias islas con áreas verdes, iguales a las de la urbanización Los Olivos (también construida por Faría-La Roche).

Durante 21 años la comunidad se fue desarrollando con relativa armonía y los altibajos propios de cualquier urbanismo grande rodeado de barrios populares, hasta que en el 2004 vivieron su mayor crisis.

Invasión y renovación

Justo después de que Fogade traspasara al Banco Nacional de Vivienda y Hábitat (Banavih) los terrenos de la fallida segunda etapa, se desató una ola de invasiones que disparó circunstancialmente los niveles de inseguridad y colapsó los servicios públicos.

González cuenta que las personas que ocuparon inicialmente los terrenos rompieron las calles, se pegaron de los postes de Enelvén y las tuberías de Hidrolago, causando fluctuaciones eléctricas y botes de agua por toda la zona, pero afortunadamente esos “cuidadores” luego vendieron las parcelas a las personas que están en lo que hoy se conoce como los barrios 27 de Febrero 1 y 2 y Villa Chiquinquirá 1 y 2, con quienes La Faría ha logrado “coexistir pacíficamente”.

Igual que muchos edificios de la ciudad, diseñados originalmente con acabados de mampostería, las fachadas de la ciudadela se fueron deteriorando por la acción de la lluvia y el sol, por lo que en el año 2007 los vecinos invirtieron en una restauración con recubrimiento de granito proyectado, que dio al conjunto su actual aspecto en tonos gris claro, verde musgo y anaranjado.

Siete de los edificios fueron restaurados como parte de un proyecto diseñado por la asociación de vecinos y ejecutado por la Alcaldía durante el segundo período de Di Martino, pero el mismo se vio truncado por el cambio de gestión en el 2008.

Tomando las riendas

Administrativamente cada edificio tiene su propio condominio, pero la gestión de las áreas comunes como los espacios verdes de las islas se manejan a través de una especie de padrino dentro de los edificios, que vela por un tramo específico de la isla.

El conjunto residencial incluso ha puesto en práctica un modelo de autogestión a través de la venta de material reciclable, que ha ayudado a costear la instalación de un sistema de irrigación por goteo en las islas arborizadas.

Gracias a la iniciativa de uno de los vecinos, cada edificio cuenta con un contenedor flexible apodado “la saca” donde se va acumulando el desecho plástico y cuando se llenan el material es vendido para obtener recursos.

Moraima destaca que La Faría es privilegiada en términos de servicios como agua, gas y telefonía fija que funcionan habitualmente de manera eficiente, pero destaca que el mayor recurso con el que cuentan es el sentido de pertenencia de una comunidad solidaria que aporta tiempo, esfuerzo y recursos para mejorar la calidad de vida en la ciudadela.

Al Cesar lo del Cesar

Recientemente los vecinos se reunieron con Daniel Bosa en representación del alcalde Willy Casanova, a quien solicitaron recuperar el alumbrado público y reactivar un módulo policial construido, acondicionado y equipado por la urbanización para alojar la primera experiencia de policía comunal de la ciudad con apoyo de la PNB, pero que estuvo ocupado solo un año ya que los uniformados fueron reasignados a San Francisco.

González indica que la reactivación del módulo no solo permitirá mejorar la seguridad de la zona, sino que también ayudará a prevenir que sectores vecinos arrojen su basura en La Faría, una situación que se presenta debido a que, gracias a su buena vialidad, reciben la visita regular del aseo urbano los días lunes y jueves, lo cual no ocurre en sectores aledaños.

Actualmente La Faría aspira a concretar con ayuda de la municipalidad, un proyecto de centro comunitario por el cual han venido luchando durante los últimos 10 años. Moraima señala que tras las invasiones del 2004 se organizaron para cambiar el uso de un terreno 2,5 hectáreas que estaba previsto para desarrollos educativos de la urbanización.

La idea era que la municipalidad vendiera las tierras y con los recursos construyera una iglesia en La Faría, pero el proceso que se tramitó durante las gestiones de Di Martino, Rosales y Ponne, fue cambiado por la exalcaldesa Eveling Trejo, quien usó parte del dinero de la venta en una biblioteca al oeste de la ciudad, ganándose de esta forma el repudio unánime de la urbanización.

De tripas, corazón

La vicepresidenta de la Asociación de vecinos explica que hace apenas un año lograron avanzar con la construcción de una cancha auspiciada por la Misión Vivienda, pero en enero del año pasado los Bs. 43 millones restantes de los 68 que obtuvo la alcaldía por las tierras, fueron entregados al Ivima y no fue sino hasta septiembre que contrataron una obra de la que solo ejecutaron cuatro pilares.

A pesar de los retrasos y decepciones La Faría ha usado el espacio para las actividades de su inconcluso centro comunitario, donde imparten tareas dirigidas, talleres de corte y costura, manualidades, clases de baloncesto y futbolito para los jóvenes de todo el sector, incluyendo los barrios aledaños, mientras esperan que su sueño encuentre eco entre las autoridades locales para ampliar la labor social que vienen realizando.

La Faría es sin duda un ejemplo a seguir. Una comunidad que no se sienta a esperar que las soluciones caigan del cielo mientras el mundo se viene abajo.

Hoy siguen apostando al futuro y tienen que hacerlo, ya que esta es la única forma de que la generación de relevo que creció en sus espacios de marcha atrás a la diáspora de jóvenes que ya pinta de soledad a muchos de los edificios.

 

 

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Redacción y Fotografía: Luis Ricardo Pérez P.

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