Jardín Botánico de Maracaibo, ¿Terreno fértil para los negocios?

Pulmón natural, espacio de meditación y esparcimiento, reservorio de la biodiversidad. Desde su creación a mediados de los 70’s, por iniciativa del Rotary Club de la ciudad, el Jardín Botánico de Maracaibo ha recibido a través de los años un sinfín de apelativos que resaltan sus atributos, pero recientemente, gracias a un criterio de autogestión orientado a costear su mantenimiento y desarrollo, este patrimonio cultural también puede ser visto como una “oportunidad de negocios”.

David Morales, Presidente de la Fundación Jardín Botánico de Maracaibo, explica que en los últimos cinco años, esta asociación sin fines de lucro, ha tenido que emular la letra de la gaita de Astolfo Romero, “En Mi Casa se Larga el Forro”, para crear iniciativas rentables y accesibles que atraigan al público y generen los fondos para cubrir los gastos operativos.

Amor a primera visita

El principal reto es hacer que la gente vaya a experimentar el universo sensorial que guardan estas 100 hectáreas de libertad ubicadas en la vía al aeropuerto La Chinita, a escasos 10 minutos del agobiante frenesí de la capital zuliana. Un solo contacto basta para quedar enganchado.

Hay un olor y un ritmo particular de este sitio que desencadena un ansia por volver a ser niño y dejar atrás los zapatos, el celular y las preocupaciones.

Una brisa cálida cargada de aromas a pasto fresco, savia, néctar y rocío, invitan a cerrar los ojos y escuchar con detenimiento el barullo de las hojas que se agitan en los árboles y crujen bajo los pies, mientras instantes de silencio absoluto cortan a intervalos inesperados la omnipresente cacofonía de grillos, podadoras, aspersores y el trinar de unas cien especies de aves que habitan en la zona.

Los rayos de sol que se cuelan entre las aperturas del “túnel verde” atravesado por caminerías, hacen palpitar la piel entre el picor refulgente del mediodía y la sombra refrescante de las dos mil especies vegetales (nativas y foráneas) que plenan cada espacio.

Samanes, sibucaras, guamachitos, cabimos, curaries, cactas, cujíes, helechos, gramíneas, palmas, lirios y un baobab africano son solo algunos de los nombres del vastísimo catálogo viviente que crece en medio del entorno diseñado por el especialista en jardines botánicos Alejandro Aristiguieta y el arquitecto paisajista brasileño Roberto Burle Marx en los terrenos originalmente donados por la Shell Oil Company.

Todo este escenario de exuberancia silvestre y espacios intervenidos crea nichos de rentabilidad que hoy aportan los frutos de un modelo de gestión autosustentable.

Largar el forro

“Leemos las cartas, forramos botones y vendemos polos”, indica Morales a manera de chiste gaitero, al señalar que el grupo de empresarios filántropos que encabeza la directiva del JBM está diversificando las maneras de rentabilizar este espacio de disfrute colectivo.

El aporte más frecuente que recibe la fundación -con unas 700 visitas entre jueves y domingos- es del cobro de la entrada de Bs. 5.000 para los adultos y 2.500 para los menores (mayores de 60 años y niños por debajo de 3 no pagan), pero la creciente popularidad como locación para producciones audiovisuales, eventos corporativos y sociales, ha abierto nuevas oportunidades de ingreso para el jardín.

“Los fotógrafos pagan un fee por el uso de los espacios para su trabajo ya sea en fotos o video, pero también hay un servicio de alquiler de bicicletas que es muy popular debido a que esta es una de las maneras más prácticas y disfrutables de desplazarse por los seis kilómetros de carreteras internas que tiene el jardín”, recalca el presidente de la fundación.

Las visitas guiadas permanentes, cursos especializados en botánica, sesiones de entrenamiento para corredores y grupos de yoga que vienen a dar clases gratis una vez al mes, son otras de las actividades que ayudan a atraer visitantes a través de las redes sociales.

Para los eventos, el JBM cuenta con espacios puntuales donde las empresas pueden realizar las actividades recreativas que manda la ley del trabajo. Con frecuencia también se celebran matrimonios y cumpleaños. “La gente puede traer su propia logística de mesas, sillas y toldos, pero si lo prefiere nosotros podemos encargarnos, lo cual tiene un costo aparte de la entrada y el alquiler de los espacios a utilizar”, detalla en gerente de la asociación civil.

De momento este conjunto de modalidades les permiten al jardín generar suficientes recursos  para sus gastos de funcionamiento pero todavía tienen que apelar a las donaciones y aportes de entes públicos y privados para invertir en el desarrollo de infraestructura.

“La gobernación nos ha donado obras en específico. Cuando empezamos la remodelación o la adecuación de la zona del cafetín, le presentamos los planos y ellos buscaron una contratista y nos donó ese trabajo. El área de juegos infantiles llamada El Castillito, se remodeló con la participación de Coca-Cola Femsa (…) nosotros no queremos el dinero sino que cada patrocinante maneja los recursos de su donativo en aras de la transparencia y para evitarnos manejar fondos de terceros”, puntualizó el también empresario del sector salud.

Más autogestión

Si bien los aportes a través de los programas de responsabilidad social empresarial del sector privado representan una gran ayuda, la Fundación Jardín Botánico de Maracaibo quiere extender su modelo de autogestión hacia una fase de alianzas comerciales. Un caso puntual que destaca Morales es el área del cafetín donde aspiran a encontrar el apoyo de un concesionario que se encargue de los servicios en estas instalaciones o incluso no descarta que se pudiera crear hasta un restaurante de tipo campestre como los que existen en la Vía de Palito Blanco, que podrían aprovechar el atractivo del jardín así como su infraestructura.

“Nosotros tenemos ahí 400 puestos de estacionamiento y eso es una ventaja con relación a cualquier otro sitio. Lo único es que nosotros abrimos al público de jueves a domingo para darle chance a la grama de que se recupere entre lunes y miércoles”, recalca el titular de la fundación al abordar la oportunidad de negocios presente en reservorio natural.

Morales indica que actualmente están buscando formas de financiar proyectos como la instalación de un tablero eléctrico para adecuar las cargas que manejan las bombas de agua, extender el sistema de riego, adquirir más bicicletas para el servicio de alquiler y comprar una nueva podadora estilo tractor, ya que las dos que tenían cumplieron su vida útil y se requiere de una inversión en divisas para traer las refacciones importadas o una unidad nueva.

En sus inicios el JBM contó con gran impulso y presupuesto del sector público, hasta el punto de recibir recursos del Ministerio del Ambiente y personal asignado de PDVSA para su mantenimiento, pero con el pasar de los años eso fue mermando hasta que el jardín cayó en un letargo que duró una década.

Requirió un nuevo contingente del Rotary Club y la Cámara de Comercio de Maracaibo, conformado por David Morales, Francois Galletti, Pablo Emilio Colmenares, Lourdes Peñaranda,  Jesús Lombardi y Jane Silvester entre otros para rescatar y promover este patrimonio cultural de la ciudad a través de un enfoque autosustentable.

“Lo sabroso es que la obra está funcionando y la gente está yendo. Al principio nos metíamos la mano en el bolsillo, ya por lo menos para los gastos operativos los cubrimos con lo que genera el jardín”, concluye el empresario, al asegurar que la mayor compensación para quienes lo acompañan en la fundación, es “ver familias completas tendidas en la grama disfrutando de un picnic y a los muchachos corriendo por todas partes”.

 

Para más información puede ingresar a:

Twitter: @JBotanicoMcbo

Instagram: @jbotanicomcbo

Facebook: Fundación Jardín Botánico de Maracaibo

 

 

Redacción y fotografía: Luis Ricardo Pérez P.

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