Parrillada El Gaucho cocina su reapertura “a fuego muy lento”

El 28 de febrero de 2014, tras 52 años de servicio ininterrumpido, el humo dejó de salir por la chimenea de Parrillada El Gaucho. En su cuenta de Twitter @elgauchomcbo, el icónico restaurante ubicado junto a la Plaza de la República, anunciaba una breve pausa por “remodelaciones”, pero tras dos años de espera ya la clientela daba por muerto el local, hasta que recientes signos de vida alimentaron las esperanzas de un regreso inminente.

La historia de este negocio comenzó marcada por una adversidad común pero en extremos opuestos del mundo. Sus fundadores, un argentino llamado Juan Negro y un español llamado Manolo Mesejo, llegaron a Venezuela a principios de los años 60’s, escapando del militarismo y la represión que azotaba a sus países.

Un duro inicio

Cargados de esperanzas y dispuestos a comenzar de cero, los dos hombres comenzaron a trabajar en un restaurante de carnes llamado “El Rincón Borícua”. Entre el calor de la parrilla y los trastos de las mesas, Manolo y Juan forjaron una amistad que en el corto plazo serviría de peldaño para alcanzar el progreso que les había sido negado en sus tierras natales.

El momento esperado llegó en 1964 cuando el restaurante puertorriqueño cerró sus puertas. Los dos inmigrantes, acostumbrados a lidiar con la adversidad, decidieron transformar el aparente infortunio en emprendimiento.

Juan y Manolo tomaron el conocimiento acumulado y lo juntaron con sus ahorros y talentos para alquilar un pequeño local en avenida 3Y, entre calles 77 y 78. Así comenzó la historia del segundo restaurante más longevo de Maracaibo, solo superado en años por su vecino cercano, Pizzería La Napolitana (desde 1952).

Los comienzos fueron duros. Con un horario de 5.30 de la tarde a 3.00 de la madrugada, los primeros dos días el negocio solo tuvo un cliente, pero en aquellos tiempos donde las plazas eran la red social de moda, El Gaucho estaba posicionado idealmente para dar a conocer su maestría en el arte del asado.

Como era de esperarse el rumor se esparció y la clientela, así como la cantidad de mesas y el personal de atención, fueron creciendo hasta convertirse en un establecimiento de gran reputación.

Todos fuimos argentinos

1978 fue de especial relevancia para el restaurante de herencia austral, ya que ese año Argentina fue sede y por primera vez campeón de la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA.

Quienes recuerdan las caravanas de celebración de aquel domingo 25 de junio, cuentan que el El Gaucho era lugar de visita obligada para felicitar a la comunidad sureña por su triunfo de 3-1 sobre los Países Bajos.

“El dueño se volvió loco, está botando la casa por la ventana” comentaban en las calles los marabinos entonando el “vos” con acento argentino, y adoptando el “che boludo” como saludo de rigor ante la jubilosa ocasión.

Aquella escena que casi rayaba en la histeria colectiva, se repitió al calco ocho años más tarde tras la final de México 86, cuando “El Pibe” Diego Armando Maradona se ganó el apodo de “La Mano de Dios”, en el duelo que sepultó 3-2 a la selección de Alemania y tiñó de albiceleste las calles de la capital zuliana.

Cambio de manos

En Julio de 2009, el empresario marabino de ascendencia española, Isidro Mesejo, tomó las riendas del establecimiento pampero con nuevos bríos de modernidad. Dispuesto a llevar la leyenda de El Gaucho a un nuevo nivel, le dio al local un aspecto más moderno.

El negocio ahora contaba con espacios para satisfacer a clientela cada vez más exigente, tales como el Salón el Patio, al aire libre con capacidad para 80 personas; el Salón Buenos Aires, con capacidad para 100 personas; y el Salón La Pampa, para eventos especiales (bautizos, reuniones de negocio, cenas exclusivas, y catas).

El know how y la tecnificación también aumentaron en función del procesamiento de la materia prima. Técnicas como la maduración de carnes al vacío, o la maduración de cortes nobles al seco, se combinaron con la preparación de embutidos y chorizos de autor para generar un menú de 30 platos, divididos en cuatro categorías (Entradas, A la parrilla, A la tabla y Postres).

Aunque las nuevas opciones del menú presentaban platos americanizados como las hamburguesas gourmet y costillas a la barbacoa, los clásicos seguían llenando los estómagos y corazones de los clientes asiduos.

Lechuga roquefort y aguacates rellenos con camarones casi siempre eran la opción predilecta para abrir una faena de gula, seguida por una jugosa parilla criolla (al estilo argentino), con aderezo chimichurri, carne, chorizo y chinchurria, o churrascos y puntas traseras que se abrazaban en la tabla de picar con los contornos venezolanos como la yuca, arepitas fritas, nata y queso palmita. Era un festín que nunca decepcionaba.

Tres strikes

Los problemas de Mesejo comenzaron en 2010, a solo un año de estar frente al Gaucho, con una ola de apagones que azotaron a Maracaibo y otras regiones del país.

El empresario contó a los medios regionales en aquella oportunidad que la contingencia le había ocasionado a los restaurantes de la zona pérdidas entre 35 y 40%. Aun así, descartaba la posibilidad de comprar una planta eléctrica debido a los altos costos.

Con la visión de profesionalizar aun más su operación, Mesejo se había enrolado en el postgrado de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de LUZ para hacer una especialización en Gerencia de Empresas Turísticas, y en 2014, el mismo año que estaba presentando la tesis para optar a grado, su negocio recibió otras dos sacudidas.

El segundo remezón llegó en febrero cuando las protestas estudiantiles en la Plaza de la República dieron pie a encontronazos con la policía y la Guardia Nacional, que afectaron el normal desempeño de los establecimientos comerciales, el tercer golpe le llegó más de cerca.

A las 7.00 de la noche del 5 de agosto, tres delincuentes armados ingresaron al restaurante, sometieron al personal y los clientes para luego despojarlos de sus pertenencias y hasta la comida que tenían servida.

Al darse cuenta, los vecinos llamaron a Polimaracaibo, quienes llegaron a tiempo para cortar la huida de los criminales, pero al mismo tiempo se desató una situación de rehenes cuando los ladrones se quedaron escondidos dentro del restaurante. El desagradable episodio terminó sin pérdidas materiales ni humanas, pero lo que si se llevaron los ladrones, fueron las ganas del propietario de continuar en el país.

Mesejo decidió sumarse a la diáspora. En febrero de 2016 el empresario desempolvó su pasaporte español, su libro de familia (documento requerido por el gobierno ibérico para tramitar la nacionalidad de cónyuges y descendientes de sus ciudadanos) y puso manos a la obra.

En marzo de ese mismo año la cuenta de Twitter de El Gaucho comenzó a publicar fotografías del local con el rótulo superpuesto anunciando una “remodelación”. La explicación, al parecer, buscaba suavizar la transición entre la ida de los Mesejo y la llegada de un nuevo inversionista que continuaría el legado del icónico restaurante.

Alistando los hierros

Desde hace cinco meses el nuevo propietario del restaurante, Enrique Lima, inició el remozamiento del local. La fachada sigue siendo luciendo la estampa del inconfundible personaje pampero labrada en hierro, pero con algunos cambios cosméticos.

Revestimientos de madera, cemento gris al estilo obra limpia y un jardín horizontal que cruza el borde superior del frente a todo lo ancho, le dan al restaurante un aire más contemporáneo. Aunque este “jugoso filete” se ve listo y apetitoso por fuera, adentro está todavía crudo.

Paredes frisadas en cemento, parches de mampostería e instalaciones eléctricas todavía visibles indican que la reinauguración tendrá que esperar algunos meses. Fuentes del sector de restaurantes informan que las obras se han demorado ya que se cambió toda la organización interna y se rehicieron las acometidas de servicios sanitarios que no habían quedado bien en obras previas.

Otro obstáculo que Lima deberá salvar para relanzar El Gaucho es la búsqueda de proveedores cárnicos que estén dispuestos a trasladar mercancía en tiempos de emboscadas y saqueos en las zonas agropecuarias y urbanas.

El temor de los productores y transportistas a ser víctimas de una rebatiña colectiva ha hecho que otros restaurantes dedicados a la carne en las inmediaciones de la Plaza de la República hayan experimentado en tiempos recientes fallas en la cadena de suministros, así que tocará esperar un poco más para meter los pies bajo las mesas de El Gaucho.

Todo maestro parrillero sabe que el asado es un arte que no tolera prisas. Es un cortejo de fuegos que van aumentando el deseo sobre un lecho de hierros, hasta que el perfume del humo y el crepitar de las brasas indica que llegó el momento de entregarnos al placer de la carne. Paciencia, que cada vez falta menos, ya casi podemos olerlo.

 

 

Redacción y fotografía: Luis Ricardo Pérez P.

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