El obelisco de Plaza de la República: Un “mirador” lleno de secretos, que nunca se estrenó

Es el punto de referencia más emblemático de la ciudad. Es difícil encontrar un marabino que no sepa dónde está, pero aún más difícil es hallar a alguien que haya contemplado a la ciudad desde las diminutas ventanas situadas en la cima del obelisco de 49 Mt de alto.

Este parque urbano ubicado sobre una cuadra completa entre las calles 77 (5 de Julio) y 78 (Dr. Portillo) con avenidas 3H y 3Y, se ha convertido con el transcurrir de los años en el corazón del macrocentro de la ciudad, por estar sobre la vía principal del área más consolidada de Maracaibo.

“La Plaza del Lápiz”, como la denominan los niños, por la semejanza de su obelisco con la familiar herramienta de escritura, es uno de los espacios más concurridos y utilizados de la ciudad. Por casi 73 años ha servido como escenario de actos culturales, lugar de esparcimiento, foro de asambleas populares y protestas, sin que la gran mayoría de sus usuarios sepa que está en presencia del primer mirador de la ciudad, el cual nunca fue estrenado y aún guarda algunos interesantes secretos bajo tierra y en su interior.

Aunque fue inaugurada el 23 de agosto de 1945 para conmemorar los cien años de la muerte del General Rafael Urdaneta -el más prominente prócer zuliano y último presidente de la Gran Colombia-, la Plaza de la República fue realmente construida por el gobierno del Presidente Isaías Medina Angarita, como un homenaje a los estados que conforman a la nación.

Historia secreta

Al darle la vuelta a la inmensa fuente que rodea la gigantesca aguja de concreto que marca el centro de la plaza, se pueden observar los escudos de Venezuela, el Distrito capital y las dependencias federales en la base de la estructura, pero por ningún lado se divisa una puerta de entrada hacia la “torre de observación” que hay en la cúspide.

Una portezuela cuadrada de hierro con candado, camuflada entre las isoras de la jardinera que bordea la fuente, da alas a la imaginación de mentes suspicaces, pero solo se trata de la tanquilla que oculta los sistemas que operan las bombas de agua y las luces del estanque ornamental.

La verdadera entrada al obelisco se encuentra en uno de los cubículos que están en la parte trasera de la concha acústica, que antes servían como biblioteca y hoy albergan a la Prefectura de la parroquia Olegario Villalobos y un depósito de chécheres.

Tal como ocurre en las novelas de Dan Brown o la película “Tesoro Nacional” de Nicholas Cage, detrás de una inconspícua puerta de madera, hay oculta una escalera de marinero que desciende cerca de tres metros hasta un pasadizo subterráneo que hoy se encuentra clausurado.

El pasaje de aproximadamente 30 metros de longitud, que ha permanecido casi en secreto durante las últimas siete décadas, transita debajo de la plaza y la fuente hasta la base del obelisco en una especie de túnel del tiempo que retrocede hasta los días en que el moderno espacio de estilo Art Deco estaba recién terminado.

Dentro de la elevada estructura hueca aún está el sistema que el ingeniero eléctrico Alberto López (hijo de Eduardo López Rivas, fundador de la radiodifusión en Venezuela) alcanzó a instalar en la obra, antes de que el General Medina Angarita fuera derrocado el 18 de octubre del 1945 por un sector golpista del ejército alentado por Acción Democrática, a menos de dos meses de haberse inaugurado la plaza.

El cableado eléctrico y los interruptores estaban destinados a brindarle energía a lo que habría sido el primer ascensor de la ciudad, un rudimentario cajón metálico con puerta plegable de reja, que serviría para transportar a pequeños grupos de personas hasta la plataforma de observación situada a unos 44 metros de altura, justo debajo de la pirámide que remata la punta.

Desde afuera se pueden divisar las pequeñas ventanas rectangulares dispuestas en pares -que asemejan ojos entrecerrados- en cada uno de los costados de la torre y los respiraderos circulares al extremo de cada ángulo, seguramente diseñadas con tamaño apenas suficiente para observar el panorama citadino, pero demasiado pequeñas como para dar cabida a algún suicida con ansias de notoriedad.

En la Maracaibo de aquellos días donde no había edificios altos que cortaran el horizonte, se podría divisar toda la rivera del Lago, La Plaza del Buen Maestro, el malecón en el centro histórico de la ciudad, así como los hatos que se extendían hacia el oeste en las inmediaciones del aeropuerto de Grano de Oro.

Testigo de los tiempos

La convulsión política de los años posteriores que vio desfilar por la silla presidencial a Rómulo Gallegos, Román Delgado Chalbaud, Marcos Pérez Jiménez, Wolfang Larrazabal, Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, postergaron indefinidamente la culminación del mirador de la Plaza de la República.

Ya sería en 1973, durante la presidencia de Rafael Caldera que Maracaibo tendría finalmente su ansiado mirador, pero en el parque La Marina de la avenida El Milagro, ya que la estructura con forma de lápiz había quedado obsoleta para una ciudad más poblada y moderna.

La importancia geoestratégica de la Plaza de la República le ha merecido una atención particularísima por parte de las autoridades municipales y la ciudadanía, hasta el punto que en la mente de los marabinos contemporáneos, éste espacio se ha vuelto más relevante que las propias plazas Bolívar, Urdaneta o Baralt, a pesar de sus trasfondos históricos.

Desde 1989, fecha en que los marabinos comenzaron a elegir a sus alcaldes, cada gestión ha tomado el icónico parque como bandera su labor urbanística. Incontables jornadas de arborización, restauración, pintura y recuperación de la fuente se han ejecutado los últimos 29 años, pero ninguna tan recordada y polémica como la intervención de la avenida 3H en el año 2006, durante el segundo período de Giancarlo Di Martino.

Vecinos y medios locales protestaron la alteración inconsulta de la isla en el único cruce a la izquierda de 5 de Julio. La destartalada furgoneta que servía como sede a la línea de taxi que operaba al lado de la plaza quedó desplazada por estrafalarios locales comerciales que rompían con el estilo del espacio público.

La protesta obligó a modificar el proyecto que de todas formas se ejecutó. Se mantuvieron los canales de circulación, ahora más estrechos y cubiertos de adoquines de concreto en lugar de asfalto. Los locales que habían sido entregados a una venta de pastelitos y a una agencia de turismo fueron abandonados poco tiempo después, así como la fuente de azulejos de tonos verdes y azul cobalto. El inútil anexo hoy solo sirve como emplazamiento para las enormes letras de acero que identifican la “Zona 3” de la ciudad.

En tiempos más recientes la plaza volvió a estar en la palestra pública cuando sirvió de lugar de campamento a los estudiantes que protestaban contra el gobierno. Tras ocho días de escaramuzas los jóvenes fueron desalojados por la fuerza pública, que encontró oculto en los predios, material para la fabricación de bombas molotov y morteros.

Hoy los marabinos siguen concurriendo a este lugar de la ciudad que parece inalterado por el tiempo. El pasto está seco al igual que la fuente, pero en la mañanas y tardes, cuando el sol no pica tanto, señoras con ropa de gimnasio salen a quemar calorías recorriendo apresuradamente la acera perimetral.

En carnavales, vacaciones, feria de la Chinita y Navidad, el obelisco y la concha acústica cobran vida entre coloridas luces y ferias artesanales. En tiempos de agitación social y política el humo de las lacrimógenas y las pancartas de apoderan del este sitio cargado de historia, secretos y recuerdos de una ciudad que no deja de evolucionar.

 

 

Redacción: Luis Ricardo Pérez P.

Fotografía: Archivo

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