Providencia: “La isla del olvido”, que devora hombres y megaproyectos

En medio del lago, a solo dos minutos en lancha desde el municipio Santa Rita y 14 kilómetros de Maracaibo, hay una franja de tierra de tres kilómetros de ancho por dos de largo, donde el olvido y desolación devoran lentamente todo lo que cae en sus predios.

La isla de Providencia es una herida abierta en el rostro del Zulia. Un estigma dejado por los 156 años que este territorio adscrito al municipio Insular Padilla fungió como lugar de tratamiento,  reclusión y aislamiento para los enfermos de lepra en el occidente del país.

Aunque se puede divisar a simple vista desde la Costa Oriental del Lago y el Puente General Rafael Urdaneta, casi nadie repara en su existencia, tal como ocurriera a los miles de hombres y mujeres que padecieron sobre ella, pero sus comienzos no fueron así.

Historia de dolor

La documentación histórica revela que el Libertador Simón Bolívar, en su decreto de 1828, crea el Leprocomio en la entonces llama Isla del Burro, como un refugio piadoso para proteger a los enfermos del rechazo y la indigencia a la cual quedaban relegados por la sociedad.

El lugar que a partir de entonces fue conocido como Lázaro -en alusión al personaje bíblico curado por Jesucristo- llegó a ser una ciudadela completa que contó con el primer hospital antileproso del país, prefectura, cárcel, plazoletas, biblioteca, cementerio, escuela de artes y oficios, oficina de correos, mercado, residencias para los enfermos que vivían en pareja, dos iglesias (una católica y otra protestante), y hasta su propio cine a principios del siglo XX.

Era tal el nivel de cuarentena en la también llamada Isla de los Mártires -por el suplicio que vivían sus habitantes-, que en Maracaibo se acuñó el Lazareto, una moneda de uso exclusivo para el leprocomio, que buscaba evitar que el dinero sirviera como vector de contagio con el mundo exterior.

Providencia estuvo habitada por enfermos y personal médico hasta 1984, cuando fueron trasladados al hospital Cecilia Pimentel de Palito Blanco, para recibir el tratamiento ideado por el científico venezolano Jacinto Convit (descubridor de la vacuna contra la lepra).

Tras la desocupación, el espacio insular se sumió en el olvido y la decrepitud de sus instalaciones expuestas al salitre, el sol y la humedad lacustre, dieron paso a una vertiginosa ruina que hoy recuerda a la obra literaria de Miguel Otero Silva, “Casas Muertas”.

El único sonido en la isla es el rumor del viento y el trinar de los pájaros que se alimentan de los árboles frutales sembrados durante los tiempos de ocupación. La vegetación reclamó los espacios que le fueron quitados temporalmente por la civilización y ahora asemejan a un pueblo fantasma que corre la misma suerte que sus antiguos residentes. Se cae a pedazos.

Un sueño sin bases

Por más de una década solo machorros, buchones y piratas del lago hicieron uso de la isla, hasta que fue cedida a la Iglesia Católica para formar parte de un ambicioso proyecto turístico-recreacional conocido como “La Isla de los Niños”.

La idea concebida e impulsada por el fundador del instituto Arquidiocesano Niños Cantores del Zulia, Monseñor Gustavo Ocando Yamarte, era una especie de quimera endógena que combinaba en un formato más compacto, los parques temáticos de Estudios Universal y Bush Garden de Disney, con el Museo de los Niños y el Planetario Simón Bolívar.

Un hotel cinco estrellas, montañas rusas, atracciones mecánicas, toboganes de agua, piscinas, un observatorio astronómico y hasta rampas inclinadas de nieve para esquiar bajo techo figuraban en la maqueta que fue exhibida durante meses en el Colegio de Médicos de Maracaibo y otros gremios regionales a finales de los 90’s.

Las gestiones del “Padre Ocando” en busca de apoyo financiero y político para el megaproyecto que apuntaba a brindar espacios de entretenimiento a la región, reactivar la economía y catalizar el postergado rescate del lago; se quedaron frías cuando éste fue destituido de la Fundación Niños Cantores durante la llamada “guerra de sotanas” que lo enfrentó con el entonces Arzobispo de Maracaibo, Ovidio Pérez Morales.

Otro claustro

Pasarían casi 26 años para que el Zulia volviera a mirar aquel desolado pedazo de tierra olvidado entre las aguas del Lago. Esta vez para considerarlo como locación de un proyecto menos idílico y más cercano al sufrimiento que impregnó aquel lugar por más de siglo y medio.

El 21 de septiembre de 2013, tras la evacuación de la “Cárcel Nacional de Maracaibo” -mejor conocida como Sabaneta-, Iris Varela, Ministra de Asuntos Penitenciarios, encendió la opinión pública con el anuncio de que el Gobierno Nacional construiría una nueva cárcel de máxima seguridad en la Isla de Providencia.

La idea de una versión criolla de Alcatraz, no tardó en despertar la antipatía de los zulianos que celebraban la clausura de Sabaneta. Oficialistas y opositores locales criticaron el anuncio de Varela, recalcando que la región estaría mejor servida por un desarrollo turístico, que con una cárcel con infinitas complicaciones logísticas para los reclusos, sus familiares y el propio Estado venezolano.

Un estudio elaborado por un grupo de biólogos, geólogos e ingenieros geodestas adscritos a la Secretaría de Infraestructura de la Gobernación del Zulia, determinó que los suelos de la isla no eran aptos para albergar pesadas instalaciones de concreto armado, como las que harían falta en un penal de máxima seguridad.

El veredicto que puso fin a la estrambótica idea de la ministra “Fosforito”, también le clavó una cruz a la factibilidad del proyecto promovido por Ocando Yamarte, ya que como reza el corrillo popular, “la salsa que es buena para la pava, es buena para el pavo”.

Lecciones aprendidas

Aleske García, profesor de Arquitectura y Patrimonio en la Universidad Rafael Urdaneta, explica que para construir cualquier estructura en una zona como Providencia, que está en ruinas desde 1984, expertos del Ministerio de Ambiente deben hacer un estudio de impacto ambiental y de suelo.

También debe tomarse en cuenta que toda estructura en una zona como esta, expuesta a elementos altamente corrosivos, requiere de un tratamiento especial para garantizar su perdurabilidad en el tiempo, además debe contar con plantas de tratamiento de aguas blancas y negras y sistemas de generación eléctrica independientes.

Según la Real Academia española, el vocablo providencia significa “disposición anticipada, prevención que se toma para lograr un fin o remediar un daño; también alude a la suprema sabiduría de Dios que rige el mundo y a los hombres, cuidando de ellos”.

Tras leer semejantes definiciones, resulta cuando menos irónico, darnos cuenta de que ninguno de los proyectos pensados para la referida isla, haya hecho honor a lo que representa su nombre. Tal vez sería que no tenían a la mano un diccionario.

 

 

Redacción: Luis Ricardo Pérez P.

Fotografías: Archivo

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