Eduardo Aldrey: “La gente me ama o me odia, pero sigo aquí, dando lo mío”

“Al árbol que da más frutos es al que más le tiran piedra”. Con esta frase, el locutor Eduardo Aldrey busca explicar los “sentimientos encontrados” que despierta en la gente, no de ahora, sino desde hace 30 años cuando inició el programa Con Las Pilas Puestas.

Y es que Aldrey se ganó la fama de ser pedante, odioso, irrespetuoso y otros adjetivos más subidos de tono, por la manera como se burla de la gente durante las dos horas y media que dura su programa. Sin embargo, su permanencia ininterrumpida en la radio marabina y la alta sintonía de su programa evidencian que, de un modo u otro, el fin justifica los medios.

“Tener un programa al aire por 30 años, estar forrado de clientes y que tengas una cantidad impresionante de oyentes después de tantos años, quiere decir que hay más gente que te acepta de la que no te acepta. Cuando tu llegas a donde quieres, la intención es mantenerte y nosotros nos hemos mantenido, reinventándonos, colocando gente nueva y enseñando lo que sé. Habrán personas que ni me soportan ni me conocen y que por lo general son personas ligadas al medio y como no pueden tener éxito, entonces hablan mal”.

Como ejemplo, Aldrey cita una anécdota. “Una vez estaba en una reunión en San Francisco, con gente de nivel alto, y salió un comentario de algo que nosotros decimos como “ar coco” y alguien dijo “Ah, eso es de Eduardo Aldrey”. La gente que me conoce me vió de reojo y le preguntaron: tú conoces a Eduardo, y el joven respondió “claro, ese es hermano mío” y comenzó a hablar maravillas de mi. Yo jamás lo había visto, jamás le dije “mira, brother, tu sabes quien soy yo”. Así que me imagino que, como ese muchacho, también habrá gente que habla pestes de mí”.

Además cita que “una novia que yo tuve me confío una vez “yo sabía que era mentira”. Yo extrañado le pedí que me explicara y me confesó que su jefe le decía que yo era homosexual y una cantidad de cosas más. Le pregunté quién era su jefe y cuando me lo nombró yo ni siquiera lo conocía”.

Para Aldrey no es “interesante” tener que dejar de lado lo que hace, para caerle bien a un grupo. “Yo sigo, creo en lo que estoy haciendo y eso es lo que he hecho durante 30 años. En este tipo de programa o te odian o te quieren mucho, no hay medias tintas. Es controversial porque me burlo de la gente, pero así es mi trabajo. Empecé a hablar maracucho sin darme cuenta. La primera vez que alguien me dijo ¡Qué fue!, yo le respondí ¿Qué fue de qué? por que pensé que era algo despectivo. Ahora me se todas las groserías y palabras maracuchas, como por ejemplo regorgalla, que suena espectacular, por que con erre todo suena muy fuerte, más marcado y sabroso. Yo admiro al zuliano porque sin proponérselos son auténticos, es algo que se hereda y eso es una virtud”.

– ¿Qué le aportas a la ciudad?

– A la ciudad le aporté mucho. Con una campaña que se llamó Por dos Grados Menos sembramos árboles de nim aquí en la 72 y arborizamos toda la autopista número Uno. Lo hicimos a través del programa y la comunidad me ayudó, porque se que la acción precede a la concientización y la idea no es que lo haga yo. Esto es para la comunidad y de la comunidad, este programa ni siquiera es mío, es de la gente. Esto se conviritió en un ícono de la radiodifusión del Zulia.

Nosotros hemos hecho muchas obras sociales, pero más que eso, yo intento darle alegría a las persona que nos están escuchando, porque el hecho que yo arranque una sonrisa en determinado momento puede lograr que alguien se desestreses y se olvides de los problemas. Eso es darle salud a la gente, es dar felicidad.

– ¿Has pensado en irte del país?

– ¿Y quien no? (risas). En serio, a mi me va bien y le doy gracias a Dios por todo lo que me ha dado. Sin embargo, uno tiene que tener bajo la manga un plan B, pero yo todavía no lo tengo. Venezuela es el país de las oportunidades.

No he pensado en irme, porque aquí no tengo generación de relevo. Si te conviertes en un ícono se supone que debes tener competencia, pero no la hay. Algunos han intentado hacer cosas pero no son constantes, no se desarrollan, no continúan y se pierden.

No he salido del aire jamás. Dejé de hacer el programa uno o dos meses durante el paro petrolero y después comencé el programa sin un solo patrocinante, pero no me importó porque lo hice con todo el amor del mundo. El día que me convierta en un ejemplo para la juventud y me salga bastante competencia estaré complacido y bien pagado, porque la competencia hace que uno mejore.

– ¿Cuál es el secreto para mantenerse vigente?

– Gilberto Correa me dijo una vez “llegar no en lo importante, mantenerse es la clave”. Nosotros utilizamos el humor como gancho y no anunciamos, vendemos. Creemos en lo que vendemos, yo compro el producto y lo pruebo, y si no es lo que dice ser no lo anuncio en mi programa, yo no voy a sacrificar 30 años de labor por un cliente.

Prefiero tener un anunciante de cada rubro, porque no puedo decir ahorita que tal farmacia es la mejor de la ciudad, y más tarde decir que otra farmacia también lo es. Con Las Pilas Puestas es el único programa de la radio en Maracaibo que ha tenido los patrocinadores más bárbaros. Yo fui el primer y único locutor que habló de Telcel, mientras fue Telcel, y asi muchas otras marcas famosas.

Por esta cabina han pasado todo tipo de políticos, artistas y personajes. Hay gente que nos escucha y nos sigue en diferentes partes del mundo, desde Europa, Estados Unidos y Asia. En Facebook nos siguen más de 250 mil personas, 20 mil en Twitter y en mi Instagram personal tengo unos 14 mil seguidores y eso sin manejar mucho las redes. No le hemos sacado provecho a las redes para obtener recursos, pero si para estar en contacto con los maracuchos que han migrado. Estamos aquí intentando mantenernos, el 8 de agosto cumplimos 30 años.

Maracucho reencauchado

Este singular personaje es caraqueño de nacimiento y maracucho reencauchado por excelencia. Se confiesa un eterno enamorado de estos predios. “Llegue a esta ciudad en 1983 con la banda de Guillermo Dávila, para un concierto que estaba organizando Argenis D’Arienzo. No quería vivir más en Caracas, entonces le pregunté a Argenis ‘¿chico, aquí es fácil encontrar trabajo como locutor de radio?’ y él me dijo ‘uffff’. A la semana siguiente me vine”.

Ambos mintieron, ni Eduardo era locutor ni conseguir trabajo era tan fácil. “Dos semanas después estaba sólo y sin dinero. No conocía a nadie y muchas veces me tocó dormir dentro de mi malibú en el estacionamiento del Círculo Militar. Dejaba entreabierta la ventanilla y ni te imaginas cuantos zancudos había”. Hace una pausa y se va al aire.

Como locutor comenzó en el programa La Hora del Gato, en la 1.120 Súper Ondas con un salario de dos mil 500 bolívares. “El certificado lo saqué aquí, pero jamás hice curso. Agarré el reglamento de comunicación y me lo estudié una noche antes de la prueba. Cuando fui a presentar el examen, había una cola gigantesca de gente, me pidieron la cédula y 75 bolívares para la estampilla y yo estaba tan pelao que no tenía ni un bolívar. El tipo me dijo ‘bueno señor, si no tiene el dinero no puede pasar’, y una muchacha que estaba detrás de mí me regaló la plata”.

Maracaibo lo adoptó. “Una de las primeras personas que conocí aquí era una secretaria de D’Arienzo. La muchacha vivía en San Francisco y una vez me invitó a almorzar. Yo no conocía esa zona, me perdí y tuve que bajarme a pedir un teléfono prestado. Llegue a una bodega donde estaba un chamo comprando un bolívar de vejigas, yo me imaginé un poco de tripas, porque aquí las vejigas son bombitas de agua pero yo no lo sabía.

Le dije al tipo del abasto: ‘flaco, yo vengo del centro del país, estoy perdido ¿Me puedes decir donde puedo encontrar un teléfono?’ Pero él dijo que no. Sin embargo, el chamo que estaba comprando las vejigas me preguntó ‘¿Vos queréis un teléfono? Vení’. Llegamos a una casa con una reja blanca, entramos y estaban dos señoras conversando y sudaaando. El chamo les comentó ‘mamá, el señor viene de Caracas y quiere hablar por teléfono’, la señora respondió ‘si mijo pasá, garralo’ Yo levanté el auricular, pero escuché que alguien estaba hablando, entonces colgué. La señora me preguntó qué pasaba y yo le comenté que había alguien conversando. Entonces se levanto, agarro el teléfono y dijo ‘Alo ¿María? ¡Qué molleja, corgá que hay un señor que quiere hablar!”.

 

Redacción: Reyna Carreño Miranda

Fotografía: Cortesía

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