Zapara: una isla zuliana que “naufraga” en la desesperanza y el abandono

Más allá de San Carlos, luego de pasar frente a una cadena de manglares, florece Zapara, como un espejismo, justo al amanecer y con un enorme sol anaranjado a sus espaldas, parece una postal viviente. La lancha apresura los últimos metros de distancia y llega al pequeño andén justo con la primera luz del amanecer. Reina la calma. Los pescadores amontonan pilas de carnada, ríen y conversan. Los visitantes apresuran la búsqueda de la persona contacto. “¿Cómo es que se llama? “Le dicen Piñita”.

Esta es la primera visión de uno de los mayores tesoros del Coquivacoa. Isla Zapara, el broche del collar que dibuja en el mapa la zona costera del lago, es una comunidad zuliana que hoy “naufraga” en la desesperanza y el abandono, sin acceso a las condiciones básicas para la vida.

Durante décadas, uno de los principales atractivos turísticos de Zapara fue su lejanía de la civilización, ese sabor a virginidad que tiene sus playas e incluso la falta de electricidad que hacía aún más atractivas las noches de cielos despejados, cuajados de estrellas.

Sin embargo, esa misma distancia que año tras año recorrieron fotógrafos, estudiantes, biólogos, conservacionistas, yoguinis y todo aquel que buscó un lugar donde comulgar con la naturaleza, ahora le cobra un precio costoso a la isla que, en medio del contexto actual, carece de agua, servicio eléctrico, suministro de alimentos y medicinas, atención médica y un sistema de transporte continuo, efectivo y accesible.

Unas 500 familias sobreviven en la isla. La falta de lanchas que cubran la ruta El Moján – Zapara es el principal obstáculo para que cosas tan necesarias como el agua y la comida lleguen periódicamente a esa población.

¿Qué pasó con las lanchas? La falta de combustible y repuestos aniquiló la flota de transporte acuático que transitaba a diario de 6.00 de la mañana a 4.00 de la tarde desde el muelle de El Moján hasta el atracadero de Zapara. Ahora, las pocas que van cobran 300 mil bolívares en efectivo por pasajero por ida y 300 por el retorno. Este medio de transporte era el único que servía de enlace entre los pobladores de Zapara y la “civilización”, para comprar alimentos, agua mineral, medicamentos y para que los jóvenes isleños asistiera a clases en Toas.

Esa misma escasez de combustible, el miedo a las mafias que lo comercializan en el municipio Almirante Padilla y el acecho de los “piratas del lago” produjeron una considerable merma en la producción pesquera de la zona. Ahora, los pobladores que mitigaban su hambre con los frutos del mar y del lago, ven sus esperanzas “a la deriva”, sin una solución tangible y efectiva.

El dinero en efectivo es otro quiebre. Las lanchas y todo en la isla se paga con billetes, porque la falta de flujo eléctrico convierte en una ironía la existencia de puntos de venta o la capacidad de hacer transferencias. Así, lo poco que llega a tierra firme es sumamente caro, porque los comerciantes le suman el costo de todo lo que tienen que invertir en transporte.

Una mano amiga para Piñita

Francisco Rodríguez, el popular “Piñita”, es el eterno anfitrión de todos los seres que llegan a Zapara, humanos o animales. Un hombre sencillo y amable, que se convirtió en un embajador del Zulia en Venezuela y el mundo. ¿Quién que ha ido a la isla no lo conoce? Ataviado con sus franelas a rayas, cotizas mojaneras y sombrero wayuu, siempre presto con la frase: “me pongo a la orden para lo que necesiten. Pregunten y digan para donde quieren ir”.

Piñita nació en Maracaibo en 1950 y a los 18 años se entregó al mar. Comenzó como pescador y luego emprendió el camino de la docencia. En 1979 se trasladó a Zapara, donde realizaba suplencias en la Escuela Unitaria 610 y simultáneamente practicaba la pesca. Tres años después comenzó a trabajar como docente fijo y en 1985 es ascendido a docente titular.

Pero Francisco no se conformó con educar a todos los niños de la isla. Poco a poco se convirtió en líder comunitario, embajador turístico y acérrimo conservacionista, salvador de las tortugas marinas que pierden el rumbo y llegan a la isla.

Los esfuerzos y la perseverancia de Piñita consiguieron agua potable en gabarra en 1981, una planta a gasoil para alumbrar las noches en Zapara en 1989, un corredor de piedra que conecta el malecón lacustre con la playa marítima, y un alumbrado público con paneles solares. Es miembro del grupo ambientalista Manatara y uno de los más dedicados guardianes del Torreón de Santa Rosa de Zapara.

Ahora, Piñita necesita ayuda urgente. El cacique de isla Zapara, el profesor, el anfitrión, el guía, ese que no ha desamparado a los visitantes durante décadas y que ha regalado sus anécdotas a granel, está enfermo y alejado de la ayuda de quienes lo estiman, por las limitaciones del transporte que va hacia la isla.

Ciego, enfermo, sin comida ni medicamentos, Piñita espera por la buena voluntad de todos, no solo para alimentarse, sino para costear una operación que le devuelva la luz a sus ojos, esos que se quedaron entristecidos y cegados por la muerte trágica de su hijo Jhoendry.

Desde esta humilde palestra y mis más solidarias posibilidades abro un compás amplio donde quepan todas las buenas voluntades. Hace unos días iniciamos una campaña para recaudar fondos para Piñita y para la isla. Algo bueno viene, pronto surcaremos el Lago para llevar salud, medicamentos y kilos de amor para Zapara, porque la solidaridad y la afectividad humana no sabe de fronteras, profundidades ni distancias.

contactos:

@racmiranda

@unamanoamiga_zapara

 

Redacción: Reyna Carreño Miranda

Fotografía: Gustavo Bauer y Norge Boscán

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