La dramática tragedia de los venezolanos que mueren en el exterior

Si vivir en otro país ya significa un desafío, morir representa toda una tragedia, más allá de lo que la muerte significa. Para los venezolanos que están fuera del país y para sus familiares en Venezuela, existen pocas alternativas que los sostengan cuando mueren en el exterior.

Y no se trata solo de aquellos que por una u otra razón migraron como parte de la diáspora, sino aquellos que viajan por motivos de trabajo o para visitar a sus familiares radicados en otras latitudes.

Existen tres posibles escenarios para quienes mueren en el exterior: aquella persona que vive o viaja al exterior y fallece en el exterior por causas naturales, enfermedad o accidentes. Los familiares que visitan a sus parientes y fallecen durante la estadía.

También se contempla la situación de los deudos que quedan en Venezuela, quienes necesitan protección y tener alguien que se encargue de realizar los trámites, gestionar pagos y organizar detalles del traslado y repatriación del cadáver o el sepelio en el extranjero.

Venezolanos que mueren en el exterior

En marzo de 2018, el cuerpo del venezolano William Romero permaneció más de una semana en la morgue de Cartagena, Colombia. Sus familiares tuvieron que recolectar dos millones de pesos (cerca de 700 dólares) para los trámites de repatriación y entierro en su natal Valencia.

El joven, de 19 años, salió a finales de enero de Venezuela desesperado por no poder conseguir pañales ni dinero para las vacunas de su bebé recién nacida. Su trabajo como fotógrafo ya no le alcanzaba para nada.

Era asmático. En su faena de vender golosinas por las calles de Cartagena y pasar días sin alimentarse, se fue debilitando hasta que una noche, luego de una jornada marcadamente desafiante, falleció.

Sembrar el cuerpo en otras tierras

Katherine Rivero falleció en Madrid a los 37 años, solo dos meses después de salir de Venezuela. Su madre se despidió de su cuerpo 10 días después de la muerte sin saber cómo reuniría un par de miles de euros para disponer de sus restos.

Sus parientes pidieron a través de la redes sociales, solicitaron ayuda en el consulado y la colecta resultó dolorosa, lenta y humillante. Al final la enterraron en España, porque resultó más barato que repatriar sus restos.

La pregunta que queda en el aire es… Qué emigrante, después de perder la fe en su país, toma previsiones para afrontar su propia muerte. O, peor, cómo y con qué recursos la asume una familia, si ya la perdida de un ser querido es un drama que se convierte en tragedia cuando mueren en el exterior.

 

Redacción: Reyna Carreño Miranda

Fotografía: Archivo

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