Un “carnaval de sombras” eriza la piel en los “caballitos” abandonados de Grano de Oro

Por más de 25 años la llegada del ocaso abrió las puertas a noches de luz, música, risas, adrenalina y comida chatarra en los “Caballitos de Grano de Oro”, pero hoy la puesta del sol transforma el abandonado parque de diversiones en un lugar siniestro y perturbador, donde los miedos olvidados de la infancia se arrastran entre sombras, para cobrar nueva vida en pesadillas que evocan relatos de Stephen King, Edgar Allan Poe, Wes Craven y Horacio Quiroga.

El reloj marcaba las 6.50 p.m. del pasado martes 7 de noviembre cuando llegué al estacionamiento del antiguo aeropuerto, donde los conductores novatos practican. Aún quedaba suficiente luz para tomar algunas fotos desde el borde del terreno que colinda con el Parque Temático Complejo Recreacional Mega Park, cerrado desde diciembre de 2016 por la acción del hampa y problemas legales.

En la entrada del lote vacío un desgarbado guachimán cerraba el paso. “Ya es tarde, solo espero a que dos carros terminen su recorrido para irme a descansar” comentó el famélico personaje. Un poco de insistencia y un carnet de periodista bastaron para lograr el acceso requerido, pero la angustiosa mirada de aquel hombre, encerraba un gesto de advertencia que más tarde comprendería.

Para mi sorpresa, a unos 200 Mt. de la entrada situada sobre el bulevar Rafael Urdaneta, la única barrera que separaba la pista de manejo, de la ciudad mecánica, era una franja de maleza de casi un metro de altura, que bordea la decrépita estructura celeste de la montaña rusa (Tornado). Aprovechando mi aparente suerte, me abrí paso entre los cadillos, el monte y los tubos oxidados para fotografiar de cerca el deteriorado parque.

El sol poniente ya había extinguido cualquier vestigio de amarillo, naranja y escarlata en el atardecer, solo una luz mortecina de un pálido azul bañaba el desolador cuadro que se tornaba cada vez más tétrico con el pasar de los minutos.

Un viento inusualmente frío se colaba entre la torre de “El Martillo” y el amasijo oxidado de la montaña rusa, creando un aullido que asemejaba a un coro de almas en pena. Era difícil no remontarse a los 155 muertos de la tragedia del vuelo 742 de Viasa que el 16 de marzo de 1969  despegó desde ese preciso punto. En ese instante se tornó imposible mantener el pulso para captar imágenes nítidas.

Una creciente pesadez se apoderaba de la escena a medida que se extinguía la luz. Tenía que acelerar el paso. La meta era llegar hasta lo que solía ser “el barco pirata” y desde la plataforma elevada, quizás captar una buena toma general del parque ya casi envuelto en penumbras.

El andamiaje pendulante con hileras de asientos ya no era aquella nave de bucaneros que me traumatizó a los 5 años, sin embargo, el ahora transbordador espacial infundía otro tipo de miedo. El piso previo al vehículo había desaparecido por obra de desvalijadores y chatarreros que frecuentan el lugar, dejando una brecha de dos metros de distancia y tres de profundidad que serían potencialmente fatales en caso de una caída.

Desde esa altura se divisaba el cementerio de juegos mecánicos ahora desprovistos de motores, cableado y luces: El Ranger, Tren Fantasma, Rueda Panorámica (o Viaje a la luna), El Martillo, El Gusanito, Dragon Fly (o asador de pollo), Merengue, Crazy Dance, Sillas Voladoras (sin sillas ni cadenas), los carritos chocones, El Yoyo, Giróscopo Espacial, El Pájaro Loco y los animales del zoológico fantasma que sirvieron de barricada al estilo Jumanji durante las protestas de julio. Por ningún lado se divisaba la infame bailarina que protagonizó multas y titulares de prensa al eyectar a desafortunados usuarios.

Recuerdos de momentos felices me hicieron perder la noción del tiempo por espacio de unos minutos, pero el eco subconsciente de risas distantes le devolvió el aire pesado y lúgubre a la grotesca planicie de 40 mil M2.

Pasadas las 7.30 ya era más tarde de lo que el sentido común aconsejaba. La visibilidad ahora casi nula, era un obstáculo más para sortear entre tubos y escombros que complicaban mi regreso a la aparente seguridad del carro.

Ya no había nadie recorriendo la pista aledaña, solo oscuridad. La linterna del celular era la única herramienta para encontrar la salida de aquel lugar de espanto. La sensación de que algo me pisaba los talones era agobiante. En numerosas oportunidades un rumor tal vez imaginario me hizo voltear solo para ver diminutos puntos que asemejaban ojos, apagarse fugazmente.

La parafernalia en forma de animales con expresión burlona se tornaba maléfica y amenazante.  Ahora entendía el porqué de la mirada del guachimán. Seguramente creyó que alguien debía estar loco para adentrarse en lo que solo podría describir como la guarida de un payaso maldito.

En un segundo mi mente sobrecargada de adrenalina recapituló todas las películas de Pesadilla en la Calle del Infierno, Martes 13, Halloween, It, Los Chicos Perdidos y Zombieland.

No recuerdo como pasé por los tubos de la montaña rusa de regreso al carro. A toda prisa entré y cerré los botones. El corazón me latía en el cuello y el miedo ya estaba instalado en la asiento del copiloto. Todas las pesadillas de mi infancia iban y venían de pasajeros en el puesto de atrás o amenazaban con brincar de la oscurana para infartarme de golpe.

Los 200 Mt de trecho hasta la salida se hicieron interminables. Frente a la garita, la luz tenue de un bombillo incandescente dibujaba la silueta de aquel hombre famélico que ahora lucía como un zombie de The Walking Dead. Le di las buenas noches y salí en busca de un alivio que llegó con el alumbrado público de 5 de julio.

Hoy es difícil precisar qué tan real fue el peligro que sentí en los “caballitos de Grano de Oro”. Lo único que tengo claro es que el grado de deterioro y desmantelamiento que evidencia el parque levantado tras 60 años de esfuerzo de la familia Alú, luce más allá de lo materialmente rescatable.

Desde finales del 2016 este grupo de emprendedores que dedicó su vida a entretener a los marabinos vive su propia pesadilla, tras encontrar su patrimonio inhabilitado y depredado por hampones durante unas vacaciones colectivas.

Los administradores todavía esperan a que alguna instancia de Gobierno les aporte una luz para disipar las tinieblas que se han posado sobre este icónico espacio de la ciudad, mientras tanto, Ángelo Alú, gerente de Mega Park, aseguró a Tureporte.com que su familia mantiene la voluntad de recuperar el negocio de tres generaciones, pero confiesa que “es difícil trabajar con todo en contra. No somos magos”.

Tal vez la opción más viable sea rentar el parque como escenografía para una película de horror.

 

Redacción y fotografía: Luis Ricardo Pérez P.

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