Quinta Luxor: la misteriosa mansión condenada a quedarse “sola” para siempre

La casona abandonada del sector Indio Mara, donde convergen la avenida 5 de Julio y la 9B, encierra un tenebroso secreto que la condenó a no ser habitada jamás por seres vivientes y solo quedó para refugio de almas descarriadas y contenedor de las historias más inverosímiles jamás contadas.

Allí está, casi intacta, en medio de la maleza. Al observar de frente la fachada norte, la puerta enrejada y la única ventana asemejan el rostro recostado de un ciclope, cuyo ojo oscuro y ciego esconde las sombras de un alma recóndita, silenciosa y dura.

La imprudencia de algún conductor ebrio se llevó la mitad de la cerca perimetral del ala oeste. Por allí, la infranqueable mansión quedó expuesta a la mirada publica, mancillada como la doncella que fue en su época de esplendor, violentada y mutilada en sus entrañas, blancas, amplias y opulentas.

Pararse frente a los restos de la cerca de dos metros es un impulso de coraje, pero dar el primer paso hacia lo desconocido representa un acto de valentía para el ciudadano común, que durante décadas ha observado aquella especie de templo, que se yergue pesado, severo, inexpugnable y obtuso en medio de dos transitadas vías: la avenida 22 (5 de Julio) y la calle 67 (Brasil).

Los metros eternos que separan la vivienda de la calle, atraviesan lo que debió ser un amplio jardín, ahora plagado de cadillos. La reja frontal está cerrada, pero la puerta de madera ya no está, así que en un vistazo se pueden ver retazos del interior lúgubre, donde podrían esconderse las más terribles intensiones humanas.

Al bordear la fachada, el intrépido visitante tiene acceso al patio trasero, los estacionamientos, la entrada al sótano y la puerta posterior, que es sólida y blanca, manchada con huellas de mugre y oxido. Está aparentemente cerrada, pero al empujarla con la yema de los dedos se desliza pesada y silenciosa, tan solo emite un sonido tenue y agudo, como un quejido.

Entra la luz y el espacio se abre amplio, ancho y alto. Un titubeo. El silencio azota los oídos como el zumbido de una mosca. Mientras, a lo lejos, algunos vehículos pasan ruidosos, pero acá, a un paso de sumergirse en la tétrica casona, el aire es tan denso que los sonidos pasan lentos, como sucede en las pesadillas.

Un trago de saliva humedece la garganta y el pie izquierdo se adelanta dentro de la habitación gigantesca. Las paredes tiene al menos dos metros y medio de altura y la desolación hace que el techo se vea más lejano.

Un chasquido suena y “algo” rasga el piso. El corazón quiere salir corriendo fuera del pecho, pero la mano derecha lo sostiene, las piernas se aflojan y el cuerpo está a punto de desvanecerse, cuando un perro somnoliento sale entre las penumbras, se despereza, husmea y pasa despreocupado en busca de la salida.

Un suspiro de alivio, tal vez una sonrisa nerviosa y sigue la marcha. Sorprendentemente no hay hedores ni basura o escombros, solo el piso sucio y manchado con los vestigios de que alguien estuvo allí recientemente. Ropa, zapatos, un trozo de goma espuma cubierta con un cartón hace las veces de cama, platos sucios en los rincones y nada más.

La luz entra a raudales por algunas ventanas, porque otras aún están tapiadas. El salón principal y la sala de música, divididas por un arco de mampostería, están en penumbras, igual que las habitaciones contiguas. La escalera que lleva al segundo piso luce desnuda, sin el mármol blanco que cubría escalones y pasamanos. De hecho, la baranda desapareció al igual que las dos medias columnas que le servían de base.

Arriba, en el primer, piso hay más luz e igual desolación. Parece que los habitantes se fueron hace poco y se llevaron absolutamente todo, incluso el aire y los sonidos de la casa. Sin embargo, la sombría mansión tiene 25 años deshabitada.

Luego de un fugaz vistazo por los cuartos superiores, la terraza, la escalera de hierro en forma de caracol que da al techo y de observar por segundos el atardecer desde lo alto de la Luxor, los visitantes salen abrumados por la terrible soledad del recinto, el aire estancado en los rincones y con una sensación de mal presagio en el estómago.

Joya arquitectónica

Más allá del aspecto lúgubre y amenazante de la mansión, del imaginario popular y los cuentos de aparecidos, La quinta Luxor marcó un hito en la arquitectura marabina. Mejor conocida como La Casa de los Leones, por las dos esfinges que se encontraban a su entrada y que fueron vendidas a Marmoca en 1992.

Teodoro Amado Montiel, hombre reconocido en la alta sociedad local para la época, era el Gran Maestro de la orden Rosacruz de Amorc, una fraternidad esotérica y universal. Sus hijos aseguraban que esa era la orden legítima de Egipto, de allí que Montiel se inspirara en el Templo de Luxor para la construcción de la casa.

El inmueble se ubica en una parcela de mil 900 metros cuadrados. Su acceso se orienta hacia el norte, donde pasa la avenida 5 de Julio. Posee dos plantas, un sótano y cubierta visitable, con un área de construcción de 618 metros cuadrados.

El diseño de la residencia fue ideado por Teodoro, quien hizo que un dibujante plasmara cada uno de sus requerimientos. Sin necesidad de haber visitado Egipto, Amado escenificó parte de la simbología hebrea en las paredes de la casa.

En todo el centro de la entrada está un triángulo y en medio un aro. El propietario relataba a sus hijos que “ese era el ojo que todo lo ve”. El revestimiento del pórtico era completamente de granito como las antiguas viviendas egipcias. En el piso, frente al portón principal aún se aprecia la estrella de David y las lanzas de la cerca perimetral de dos metros de altura son una representación exacta en longitud y figura, de las flechas que usaban los faraones.

Todos los materiales fueron traídos desde Carrara, Italia. La inversión total del inmueble fue de 950 mil bolívares, cantidad con la que se logró representar el templo al culto de la triada Sagrada de Thebes.

La familia Amado habitó esta casa por los siguientes 40 años, durante los que recibieron en sus espacios a importantes personalidades de la época, entre ellos el general Marco Pérez Jiménez, Felipe Llovera Páez, la cantante Morella Muñoz, Lila Morillo y su esposo José Luís Rodríguez.

En 1992, el Banco de Maracaibo adquirió la vivienda por 42 millones de bolívares, con el objetivo de construir una sucursal de la entidad. El proyecto no llegó a su fin y la Quinta Luxor fue desde entonces casa de maleantes y concentraciones esotéricas y religiosas, pasando a manos del Fondo de Garantía de Depósitos de las Instituciones Financieras (Fogade).

En 2005 queda en manos de Metromara, para servirle de sede, pero por “falta de presupuesto” no se pudo concretar la recuperación de los espacios y la casa quedó abandonada. Aún pertenece a ese organismo.

Sola para siempre

A raíz del abandono, el imaginario popular construyó un sin fin de historias relacionadas con sus primitivos habitantes. Se dice que dos niños aparentemente poseídos por una fuerza demoníaca quedaron encerrados dentro de la vivienda al intentar ser exorcizados por un sacerdote, quien dio la orden de tapiar todas las salidas de la construcción si no lograban escarpar al tercer día del ritual.

Esta historia fue negada por los propietarios originales de Luxor, al alegar que las constantes arremetidas de la delincuencia propiciaron la obstrucción de puertas y ventanas.

Los habitantes del sector y algunos vendedores de comida rápida que durante años han “convivido” con la casona, juran que por las noches, el alma de una mujer que se ahorcó dentro de la casa cuando ya estaba deshabitada, vaga por los corredores y desciende por la escalera principal hasta perderse en la estancia.

Gritos, ruidos de trastos que caen al suelo, música de piano y violín, llantos y lamentos, son solo algunos de los ruidos que, según los vecinos, salen de las entrañas de la vivienda, justo a la media noche.

Cierto o no, la quinta Luxor sigue allí, oscura y abandonada, silenciosa y detenida en el tiempo. Solo la afirmación de su fundador queda navegando en el aire como un presagio: “papá no quería que la vendiéramos y justo antes de morir dijo: ‘si salen de ella, esta casa jamás podrá ser habitada’”.  Hasta ahora, la profecía se ha cumplido.

Redacción: Reyna Carreño Miranda

Fotografía: Luis Ricardo Pérez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *