Miguel Díaz “vive” en la calle desde hace más de 15 años

“Me llamo Miguel Díaz Escalante”, dice con voz clara y fuerte, aunque no levanta la vista de los “topochos” que desconcha. “Tengo 15 años en la calle”, puntualiza, levanta el rostro y muestra una sonrisa esquiva, donde faltan algunos dientes.

Miguel “vive” en el Autolavado la Setenta y Tres, en la esquina de la calle 73 con la avenida 9. Cuando le preguntan el por qué, se encoge de hombros, se rasca la frente con la uña del pulgar derecho y solo responde: “problemas que tenía en mi casa”.

Recoge los topochos del suelo, los lava y los coloca despacio en el fondo de una olla con agua. Luego, se levanta y camina unos pasos hacia donde recién improvisó un fogón, sobre unas piedras curtidas por el tizne.

Miguel Díaz

Poco a poco afloja la conversa. “Tengo 61 años y nací en Cerros de Marín”, relata y hace una señal con la mano como si evocara un lugar muy, muy lejano. “Éramos siete hermanos, ya murieron dos, y los que quedan viven en otras partes”.

Piensa. Parado allí, con las manos en apoyadas en los riñones, observa durante unos segundos el humo que hace espirales sobre las piedras. “Yo era consumidor de drogas, pero ya lo dejé hace muchos años. Ahora vivo fiel a la palabra del señor”.

“Pasa, esta es mi casa”

Miguel Díaz

La confesión le alivia el cuerpo. Sus ojos se humedecen un tanto, tal vez por el humo que brota vertiginoso de la fogata improvisada. Se entretiene un poco soplando el madero que alimenta el fuego y con amabilidad extiende una invitación.

“Esta es mi casa”. Miguel Díaz abre los brazos y ocupa el espacio cada vez más sonriente. “Mi casa” es una esquina del “pulilavado”, al borde de la acera. Allí “construyó” un hogar, vive junto a dos gatos y una perra, y trabaja como “guachimán”.

Es un espacio pequeño donde solo está la “cama”: varios trozos de goma espuma que, puestas una sobre otra, alcanzan una altura de unos 40 centímetros. La sábana es un trozo de tela, mejor dicho un trapo de color indefinible, y también tiene una toalla y una almohada.

Alrededor hay cajas y bolsas donde guarda su ropa y los objetos que recoge de la basura. Y en el lado que da hacia la calle, Miguel montó un tinglado con algunas plantas, trozos de cinta y alambres, de donde penden CDs viejos, botellas de plástico, un zapato de niño, una media de bebé, una campana y muchos otros “tesoros”.

“Dios me da fortaleza y paz para vivir”

Miguel Díaz

“Yo leo la palabra”, manifiesta mientras se sienta y toma el Nuevo Testamento que reposa sobre su cama. Miguel no tuvo hijos, aunque comenta que vivió un tiempo con una mujer, la mala situación los obligó a “agarrar cada quien su camino”.

Asegura que lo que gana como celador, aunque no puntualiza cuanto, le sirve para mantenerse con vida. “Dios me da fortaleza y paz para vivir así. Ya me acostumbré y lo prefiero a estar caminando si rumbo”.

De seguro, en ese pedazo de “hogar”, se siente protegido. “Por aquí la gente me quiere mucho y me ayudan. Aquí paso el día y cuando me pega el sol, me voy para la sombra de las matas”, detalla, mientras señala la esquina opuesta, donde un frondoso árbol de mango derrama frescor sobre la acera.

“Dijeron que me iban a dar una casa”

Miguel Díaz

A medida que cae la tarde, Miguel sonríe con más calma. Tiene las manos curtidas y los brazos y pecho lleno de cicatrices, pero él prefiere “no hablar de eso”. Elige mejor presentar a sus compañeros de vida, quienes están siempre cerca de sus pies.

“Esta es Esmeralda” y cuando la nombra, la gata negra con manchas blancas restriega su cuerpo entre las piernas del sexagenario. “A la otra le digo gata” y suelta la risa complacido de su simpleza, porque el animal parece el “negativo” de su hermana, es blanca con manchas negras.

A un lado y en posición expectante está Inocencia, una perra de pelaje entre negro y marrón que lo cuida. Ellos son su familia.

En medio de la conversación surge un recuerdo. “Hace tiempo vino otra periodista y me sacaron por la prensa. Dijeron que me iban a dar una casa, pero yo no supe más nada del asunto”.

Miguel Díaz: tener, ser y compartir

Miguel Díaz

Mientras habla, Miguel Díaz ya cortó las conchas de los topochos en trozos muy pequeños. Siento un peso en el corazón, porque asumo que las cascaras también serán parte de su cena.

Pero de súbito, el anciano se levanta y lanza los pedazos al aire mientas grita “Vay, abajen pues…” y una decena de palomas salta en picada de los cables, para tomar el alimento que les ofrece.

Por segundos, Miguel deja de ser el “pobrecito”, la “victima”, el “olvidado”. Y allí, en medio de las palomas, los gatos y su perra, parece la imagen de la bondad y la paz hecha persona. Un ser que se materializó bajos los últimos rayos de sol de la tarde.

 

Redacción y fotografía: Reyna Carreño Miranda

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