Maritza Serizawa: a 19 años del secuestro que conmocionó a Maracaibo

Corría enero de 1997. Recuerdo que entré un viernes en la noche al hospital Universitario de Maracaibo Con mi hijo de tres años en brazos. Tenía más de seis horas llorando por un “dolor”, que no sabía explicar de dónde provenía.

Ese fin de semana los médicos residentes hicieron todo lo que su conocimiento y experiencia les permitió. No sabían lo que tenía ni hubo examen, rayos x o muestra de laboratorio que pudiera arrojar algún diagnóstico.

Por la intensidad del llanto del niño era evidente que tenía un dolor intenso. Presumieron una apendicitis, porque no evacuaba y había hecho varios vómitos, pero el abdomen no estaba distendido ni había otros síntomas.

El domingo en la noche el niño estaba exhausto. Ronco de llorar, dormitaba a ratos, despertaba dando gritos de dolor y vomitaba una baba verde. Desesperada por la vida de mi hijo increpé a la doctora que estaba de guardia. Con evidente preocupación admitió: “no sabemos que más hacer. Lo prepararemos esta noche para meterlo a pabellón en la mañana, que viene la jefa”.

¿Quién es la china esa?

Esa madrugada, le colocaron un calmante y comenzó la rutina para una posible cirugía. Al amanecer, entró el tropel de “estudiantes” y en medio de ellos emergió una mujer delgada y diminuta, que más parecía la dependienta de un restaurante chino, que una doctora.

Dio los buenos días, hizo algunas preguntas a los residentes y luego se dirigió a mí con gentileza. “Mamá… ¿Desde cuando no evacua el niño?” Busqué en mi memoria la respuesta. “No recuerdo, tal vez desde el miércoles. Él sufre de estreñimiento”, le comenté.

Con una sutileza casi etérea puso sus ojos rasgados sobre mi hijo que dormitaba. Con una mano palpó el vientre y con la otra hizo una señal para que le abrieran espacio. Una enfermera se apostó a su derecha.

Lo volteó de medio lado, palpó el recto y dijo: “es un fecaloma”. Acto seguido se colocó los guantes que la enfermera puso en sus manos, lubricó con un ungüento transparente los dedos índice y medio y extrajo del recto del niño una masa sólida como una piedra, del tamaño de una pelota de tenis.

“Ya está, pueden darlo de alta con indicaciones médicas y tratamiento”, le explicó a sus alumnos. Luego, volteó hacia mí su rostro casi inexpresivo y me calmó. “Listo mamá, ya todo está bien” y salió hacia otra habitación.

La residente a cargo se quedó garabateando en un récipe las instrucciones, pero yo estaba pasmada por el estupor de un final tan inesperado luego de dos días de sufrimiento. ¿Quién es la china esa? Pregunté. “Maritza Serizawa, la jefa”.

Secuestraron a la doctora

maritza serizawa

El 22 de febrero de 2000, con unos pocos meses como periodista de calle, me sorprendió la noticia que corrió por la redacción: “secuestraron a una doctora”. El equipo de sucesos se fue a la calle y al día siguiente el titular “abrió la última a ocho col”.

Ese día recordé todo el episodio del fin de semana en el HUM y me enteré que Maritza Serizawa era la única gastroenteróloga pediatra del hospital, que no era china sino japonesa y que solo había tres especialistas más como ella en el Zulia.

“Los plagiarios la interceptaron cuando iba en su Mitsubishi plateado hacia su residencia, en el edificio Sarandi de la calle 74”. Se leyó en todos los diarios y, durante meses, el caso de la doctora ocupó un espacio privilegiado en las “páginas rojas” de la prensa.

Mientras permaneció en cautiverio estuvo, entre otros lugares, en el río Palmar y en una casa ubicada en las adyacencias del comando general de la entonces Policía del estado Zulia, en la avenida Delicias.

El cautiverio duró 177 días, desde el 22 de febrero hasta el 17 de agosto. Su familia pagó 400 millones de bolívares por su rescate. El pago estuvo a cargo de monseñor Roberto Lückert, quien atravesó la Circunvalación 1 de sotana y con maletín en mano para dejar el efectivo.

Una vez libre, Serizawa caminó al Hospital General del Sur. Llamó a su casa. Su padre y su hermano Alfonso la trasladaron a la clínica Paraíso para hacerle un examen médico. Ahí declaró a la prensa.

Para entonces, las investigaciones policiales identificaron a los secuestradores: Javier Paz Herrera, conocido después como el “Comandante Serizawa”, y Endy José Herrera Matheus, coautor y cómplice del delito . Fueron condenados el 13 de febrero de 2001 por el Juzgado Noveno de Juicio.

Maritza Serizawa: 10 años de silencio

Poco a poco, en el fragor de las noticias, la novedad del caso de la doctora Maritza Serizawa se apagó. En cada aniversario de su secuestro o liberación, la prensa buscó entrevistarla, pero ella mantuvo silencio, para preservar su vida privada y profesional, lejos del ojo público.

Sin embargo, en 2013, año en el que jubiló de su labor en el sector público de salud, la médica ofreció en exclusiva una entrevista a un diario regional, donde relató parte de sus vivencias.

“No quisiera hablar de eso” les confesó a sus entrevistadores. Sin embargo, tuvo el coraje de recordar y contar pasajes desafiantes de su secuestro, cuando estuvo cautiva 177 días.

Relató que ese día, ya llegando a su casa fue sorprendida por lo que parecía un inocente choque en la parte trasera del auto que la impulsó a bajarse para ver los daños y arreglarse con el conductor infractor. Ése que no era un ciudadano común, sino un secuestrador de oficio que la agarró con facilidad aprovechando que Maritza era menuda, apenas 1,48 metros de estatura y no sobrepasaba los 48 kilogramos.

Él y otros la montaron en un Maverick verde, que después quemaron vía a La Concepción. Luego la amarraron y encerraron en una casa donde llegaban carros de la entonces Policía Regional, vivienda que además estaba ubicada a escasos 100 metros de la comandancia general de ese organismo.

maritza serizawa

“Bájate y no mires atrás”

Del encierro Maritza Serizawa recordó que estuvo amarrada en un cuarto. A veces la prevenían: “Te falta poco por salir”, pero nada pasaba. Entendió que saldría libre cuando le devolvieron su reloj y sus lentes con los mitigaba la miopía severa.

Un día la montaron en un auto y la llevaron hasta una pendiente donde abrieron la puerta y le dijeron: “Bájate y no mires atrás”, recordó. “Di unos pasos y sentí como un barranco. Me dio miedo y me detuve. Me volvió a gritar el hombre: ‘¡Te dije que camines y no mires atrás!’.

Serizawa relató que no se había puesto los lentes, por los nervios y no veía bien. “Así caminé hacia abajo con dificultad. Estaba desorientada. Vi el Hospital General del Sur y fuí hacia allá. Entre un mar de rostros, busqué la recepción”.

La recepcionista del hospital la reconoció, por las muchas fotos difundidas en prensa, y le permitió llamar a su casa. Fue esa misma mujer quien la aisló cuando el tumulto supo de su presencia en ese hospital y se agolpaban en los ventanales para abrazarla.

La médica contó que estaba asustada y no quería ver a nadie. “Solo quería ver a mi familia. Recuerdo que mi hermano abrió la puerta desesperado y al verme me abrazó y lloramos juntos. Más atrás venía papá. Al llegar también me abrazó y lloró”.

Maritza Serizawa falleció el 3 de diciembre de 2014. Su nombre fue noticia una vez más, aunque poco se dijo de la “penosa enfermedad” que le puso punto final a su vida.

Hoy, todavía su recuerdo sigue vivo, para las madres de sus pacientes a quienes salvó del dolor e incluso de la muerte, y para quienes rememoran sus vivencias como una muestra de fortaleza y valentía.

 

Redacción: Reyna Carreño Miranda

Fotografías: Archivos

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