Maracaibo Underground: Cuando éramos felices, pelúos e inadaptados

A principios de los 90’s un extraño virus contagió a los adolescentes de Maracaibo. Franelas negras, cabellos largos, pantalones rotos y una incontrolable afición por las mesitas del Costa Verde eran los síntomas. “Camina rápido y no los mires”, decían tus padres tratando de protegerte, sin saber que el agente transmisor acechaba en sus casas los viernes por la noche.

A las 11.00 pm cuando “los viejos” se dormían, después de la novela, el televisor de la sala recobraba vida en el canal 2. Una voz que decía “desde la parabólica de Telearte…” y las inconfundibles notas del tema Pantaletas Negras, de la banda Zapato 3, anunciaban el inicio de Sonoclips.

Este programa de la empresa 1BC se transformó en la nave nodriza del movimiento contracultural venezolano, sacando a la superficie las corrientes musicales del rock, punk y ska que proliferaban bajo el subsuelo en todo el país.

Si bien esta no es una crónica del show transmitido por RCTV, es imposible abordar el tema de la cultura underground de los 90’s, sin reconocer la gran influencia que el espacio conducido por Eli Bravo, Horacio Blanco, Carolina Perpetuo y Paul Gillman entre otros, tuvo en el fenómeno.

Cacería de brujas

“¿Por qué no puedes ser normal como tu hermano y salir a la discoteca, en vez de escuchar ese escándalo y andar como un zarrapastroso?”. Este reproche nunca salió de la boca de mi madre, quien siempre respetó -aunque con notable preocupación- mi afición musical, aunque para muchos de mis pares, ésas y otras palabras todavía más duras, formaban parte de la estigmatización que debían soportar dentro y fuera de casa, en una ciudad predominada por el machismo y los prejuicios.

Fue en este contexto que el Padre José Palmar consiguió un caldo de cultivo idóneo para fomentar el miedo a Dios y ganar notoriedad con la fábula de las “sectas satánicas”.

Con la ayuda de los diarios Panorama y La Columna (hoy desaparecida), este sucesor contemporáneo de Tomás Torquemada, desató una inquisición que llevó a la hoguera mediática y judicial a un puñado de jóvenes, que pagaron el precio de decorar sus cuartos son afiches grotescos, pintura negra y algún hueso de animal.

“Comegatos, satánicos, vampiros, antisociales, locos y homosexuales” eran algunas de las etiquetas que la sociedad conservadora de entonces usó para desdibujar a una bandada de soñadores que años más tarde se convertiría en los periodistas, músicos, escritores, artistas, diseñadores, bailarinas, filósofos, arquitectos, empresarios y hasta políticos de la región.

Sobre las tarimas

Aunque desde afuera “esos bichos raros que visten de negro” parecían una masa uniforme de gustos y colores, a lo interno se subdividían en incontables tonalidades de gris, púrpura y escarlata. Yuqueros, Posmos, Punketos y alguno que otro hippie, conformaban la fauna habitual de cada toque o festival de rock.

Cualquier oportunidad era buena para “descargar”. Con algo de plata y organización esta “partida de desadaptados” podía transformar un camión 750 estacionado en una cancha de tierra de Raúl Leoni, en un verdadero escenario de conciertos.

Guitarras, baterías y bajos rescatados de iglesias evangélicas, ayudaban a desconar los parlantes alquilados de alguna miniteca, mientras la brutal golpiza de la “olla”, en el centro del público, indicaba la aprobación de la fanaticada hacia el repertorio de temas propios y covers.

El improvisado formato fue tomando auge hasta transformarse en verdaderos Woodstocks criollos, auspiciados por la dirección de Cultura de la Universidad del Zulia. Los llamados “Contracultura” alimentaron un movimiento de nuevas bandas que dio a luz nombres como Madre Natura, Farengeith, Primero Venezuela, Ruptura, Mantis y Engris entre muchos otros, que iban desde los géneros del dead metal, hasta el Trash y Hardcore.

Otra encarnación de la movida metalera era la fiesta itinerante llamada Keops. La iniciativa dirigida por Chemel y Ana María, tendría casi siempre como plato fuerte a la banda Arpía (antes conocida como Sátira). Por su sonido más complejo, cargado de atmósferas de teclado y guitarras limpias o distorsionadas con efectos de chorus y delay, esta banda de rock progresivo subió el listón en términos de sonido y producción para una generación de agrupaciones que seguiría en los años 2000.

Vivir la música

En este submundo, la vida pasaba por un filtro hecho de música. Desde las amistades, hasta los amores, vestimenta y literatura, todo debía ir en consonancia con el estilo.

Las tardes después del liceo transcurrían en interminables visitas a la Book Shop en busca de revistas Metal Hammer o Hit Parader para hojear y deshojar en las paredes del cuarto.

Tampoco podían faltar las paradas en Fiesta Disco o Disco Show en 5 de Julio, a ver cuál nuevo o viejo álbum de alguna de tus bandas favoritas, llegaba para incrementar tu colección de vinilos y profundizar tu formación musical.

Cada disco de Iron Maiden, Judas Priest, Carcas, Sepultura, D.R.I, Metallica, Guns ‘n Roses, Queensryche, Yes, Pink Floyd, Genesis, Jethro Tull, Poison, Bon Jovi, Twisted Sisters, AC-DC, Dio, Quiet Riot, Kiss, The Ramones o King Crimson era una experiencia digna de ser compartida y analizada por horas y horas, con amigos que se retorcían tocando instrumentos imaginarios en el aire.

El movimiento

Las cosas comenzaron a tornarse un poco más confusas ya en tiempos preuniversitarios con la llegada de “El Movimiento” y los posmo (Post Modernistas). La ropa seguía siendo negra pero los pantalones se encogieron y las plataformas de los zapatos se elevaron.

En esta suerte de Fightclub filosófico, nadie tenía muy claro de qué iba la cosa, solo que había que luchar contra “el sistema” –cualquiera que este fuese- y reunirse en el Costa Verde a hablar de música, ideologías y ver qué nueva chica llegaba con la boca pintada de negro y botas militares para “echarle los perros”.

No todo fue desperdicio. Interesantes debates sobre el humanismo, el rol del hombre en la sociedad, las artes y la moral son algunas de las semillas que luego germinaron en mi cerebro adulto.

Aunque el mundo ha cambiado sustancialmente desde el punto de vista tecnológico, algunas dinámicas persisten con nuevos nombres y formatos.

Ya los panas no se reúnen a regrabar casetes o tararear el tema de una banda cuyo nombre no recuerdan. En lugar de esto crean chats de whatsapp y te pasan el link para que descargues la canción. Todo es más directo, más rápido y quizás más aburrido.

Quienes experimentamos un mundo sin celulares o internet y hoy podemos leer el código fuente de la matriz más allá de las apariencias.

Llámense emos, posmos, darks o yuqueros, lo que nunca cambiará es que para el outsider del mainstream todo irreverente que ose a verse o actuar distinto, seguirá siendo “un bicho raro que viste de negro”, pero no hay nada de malo con eso, ya que de ahí nacen también los inconformes, los creadores e innovadores que cambian el mundo.

 

Redacción: Luis Ricardo Pérez P.

Fotografías: Cortesía

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