La pasarela de humanidades: Más temida que la posibilidad de morir arrollado

Frente a la salida noroeste de la Ciudad Universitaria de LUZ hay un gigantesco monumento a la contradicción, que conecta la acera de la prolongación Circunvalación 2 con el sector Maicaíto. Tras incontables arrollamientos, protestas estudiantiles, 10 años de intermitentes labores y miles de millones de bolívares gastados, los universitarios prefieren seguir arriesgando la vida entre los carros, antes que utilizar la faraónica estructura. 

A primera vista parece una situación sencillamente absurda, pero al transitar por la obra de cinco mil metros cuadrados de construcción, se descubren los múltiples y escabrosos problemas generados a partir de lo que fuera concebido como “innovación” en el diseño de la pasarela de humanidades. Tal como reza el adagio “de buenas intenciones está plagado el camino al infierno”.

Inaugurada el 21 de noviembre de 2011, durante la gestión del Gobernador Pablo Pérez, el denominado Paseo José Antonio Sánchez, está rodeado por 2,5 hectáreas de áreas verdes y cuenta con caminerías internas, 32 locales para negocios de comida rápida, centros de copiado y librerías, además de módulos de salud y seguridad, pero siete años después de su anhelado estreno, los usuarios más asiduos de la edificación son los animales callejeros, indigentes y delincuentes del sector.

Complicando lo simple

Es un axioma científico que “la distancia más corta entre dos puntos es siempre la línea recta”, especialmente cuando se está ansioso por llegar a tiempo a clases, o volver a casa antes de que caiga la noche y se acabe el poco transporte que opera en la ciudad.

Jorge Hernández, estudiante de la Facultad de Humanidades, explica que la idea de usar la pasarela le genera cansancio, ya que triplica el recorrido a la hora de cruzar la vía, pero adicionalmente es uno de los lugares más temidos de una zona que de por sí es insegura.

“Hoy en día la universidad está más solitaria, y los que todavía venimos a terminar la carrera para emigrar con un título profesional, preferimos cruzar la calle”, sentencia Hernández al reflexionar que al menos en la carretera sabe a qué atenerse, mientras que en la pasarela hay un sinfín de espacios que se prestan para una emboscada.

Francisca Fernández, gerente de proyectos de la Dirección de Infraestructura de LUZ, señaló en declaraciones ofrecidas a los medios en septiembre de 2015, que la idea original de la universidad era una pasarela recta como la que conecta la Facultad de Ciencias con el comedor principal, pero durante la gestión de Manuel Rosales en la Gobernación, éste solicitó al Centro Rafael Urdaneta (CRU), diseñar espacios para un aula virtual, atención médica, feria de comida y locales que pudieran servir como fuentes de empleo para estudiantes.

Espacios muertos

Hace dos años y medio, durante el gobierno de Arias Cárdenas, el CRU inició trabajos para rehabilitar los locales de la pasarela, pero los mismos nunca fueron ocupados, a pesar de que Tito Meleán, titular de la institución, aseguró entonces que ya había 27 concesionarios del sector privado aprobados para instalarse.

Si bien los estudiantes consideran que la activación de dichos espacios ayudaría a darle vida y seguridad a la estructura, los comerciantes no están dispuestos a asumir el riesgo.

Trabajadores de locales de copiado y cafetines de áreas mucho más concurridos como las inmediaciones de la Facultad de Medicina y Odontología, aseguran que la inseguridad es cada vez peor.

“Aquí ya es difícil con toda la gente que entra y sale, cómo en un sitio tan solitario como la pasarela de humanidades, que de paso está al lado de una zona roja como Maicaito y tiene un montón de barrios cerca”, afirma el dueño de un puesto de jugos que solo quiso identificarse como Rafael.

Seguridad de adorno  

Cuando se inauguró, la pasarela estaba abierta de 6.00 de la mañana a 10.30 de la noche para poder prestar servicio en todos los horarios de clases, pero ya nadie se queda en LUZ al caer la noche, así que el resguardo del CPBEZ solo se cumple en horas diurnas y del lado externo.

Ni los uniformados quieren usar el módulo que tienen designado en el nivel superior de la edificación. Prefieren montar guardia en las entradas de la obra, haciendo la doble función de alcabala vial.

La seguridad en el interior es como un perro que se muerde la cola. Los policías no están adentro porque nadie la usa y nadie la usa porque no hay seguridad adentro.

Quienes se han aventurado en su interior desaconsejan la experiencia. El olor a orine es una entidad omnipresente. El eco de los pasos acentúa la sensación de soledad y da un aire temible a lo que los estudiantes llaman con toda razón “el laberinto”.

Escaleras llenas de basura, vidrios rotos, excremento de animales y toldos de lona deshecha en harapos, completan una escena que bien podría servir para una película sobre las bandas criminales del Bronx, en la Nueva York de los 80’s.

Más contradicciones

Tal es la renuencia de los usuarios a usar la obra, que en el año 2013 Jairo Ramírez, entonces Secretario de Seguridad, se negó a colocar reductores de velocidad debajo de la pasarela, asegurando que ello estaría indicando a los estudiantes que pueden seguir pasando por la calle, pero dos años más tarde –en su nuevo rol de Secretario de Infraestructura- se vio obligado a comerse sus palabras e instalar los reductores, ante la persistencia de arrollamientos.

Hoy la pasarela de humanidades es el típico caso de un remedio que fue peor que la enfermedad, ya que no solo resultó inútil para resolver el problema que justificó su existencia, sino que creó nuevas preocupaciones para la comunidad universitaria y los vecinos del sector.

Este infame tramo de la Circunvalación 2 que antecede al distribuidor Humberto Fernández Morán, ahora tiene un límite de velocidad de 40 km/h (que nadie respeta), rayado, ojos de gato y “policías acostados”, pero lo único que parece haber reducido la cantidad de siniestros es el ausentismo estudiantil en la máxima casa de estudios del Zulia, llevándonos a la conclusión de que el Dinfra tenía razón al pensar que “a veces menos es más”.

 

 

Redacción y fotografía: Luis Ricardo Pérez P.

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