La cándida historia del músico callejero que canta para alegrar a la gente y “espantar” el hambre

Su nombre  es Luis o así dice llamarse. Él canta y toca su guitarra en la calle, por los alrededores de la iglesia San José, en 5 de Julio. Carga con el instrumento a cuestas y cuando ve algún transeúnte se detiene y le pregunta “¿quiere que le cante una canción?” y sin esperar respuesta se sienta en el suelo con las piernas cruzadas o en la acera más cercana e interpreta alguna melodía.

Concentrado, entre cierra los ojos y rasga las cuerdas, mientras entona, casi en voz baja, alguna composición del grupo de rock español Jarabe de Palo. Al terminar observa a quienes tiene cerca y, así no lo estén mirando, sonríe y exclama “!Eeeeee, gracias!”.

Luis canta por dinero, para comer, pero también porque “me gusta. Es una manera de llevarle alegría a la gente y conseguir algo para vivir”. Ante la pregunta “¿Qué haces por la calle con esa guitarra?”, abre los ojos y responde “no me vaya a decir que me la van a robar, como me dicen otras personas”. Lo tranquilizo y sonríe de nuevo.

Dice que tiene “37… no, 36 años”, y se queda pensativo unos segundos. Viste pantalón caqui y chemise roja, ambas piezas son varias tallas más grandes que su cuerpo. Tiene la piel amarillenta, pero la tez oscurecida por los efectos del sol; los labios cuarteados y el cabello ralo, con evidentes señales de una calvicie inducida por la mala alimentación. Calza unos zapatos “crocs” de imitación y tiene las manos delicadas y finas, como de mujer.

La gente lo “mira feo”, le rehúye, la mayoría lo ignora y pretende que con no verlo lo hará desaparecer. Él insiste, persiste, y sigue cantando, a pesar del rechazo y las suspicacias que producen su sonrisa y su mirada de niño.

– ¿Dónde vives?

– Por aquí, por Delicias – y señala algún lugar inexistente en el espacio – salgo temprano para que no me roben y ya voy de regreso. – Eran las 5.00 de la tarde.

– ¿Qué te dice la gente cuando cantas?

– ¿Por qué, me veo raro? – Y se observa los pies, mientras se toca el pecho – Nada, me dicen que canto bien y la mayoría me da algún billetico. Otros me dicen que no hay efectivo, pero me felicitan por la música.

– ¿Cuánto dinero recibes a diario?

– Mmmm no se… Lo suficiente para comer. No es tanto por el dinero… Es porque me gusta cantar.

– ¿Qué haces además de cantar?

– Yo soy docente, maestro de castellano, pero no estoy ejerciendo. – Frunce el ceño como si un mal pensamiento le agobiara la mente y cambia el tema de súbito – ¿Quiere que le cante otra canción?

– ¿Eres maestro, dónde dabas clases?

– Escuche esta canción, es muy bonita – Inicia una nueva pieza, la canción llamada Desamor, para no responder – del palo que me has dado me duelen to los huesos, pero que maldita eres. ¿Qué hay peor que un desamor? que me estés tomando el pelo no señor no hay nada peor…

– ¿Quién te enseño a tocar guitarra?

– Un vecino, hace años, y que bueno que aprendí, porque ahora me sirve de mucho. – Se abraza al instrumento y lo observa, mientras pasa sus manos por algunas vetas oscuras que manchan el brillo de la madera – Ella es una buena amiga.

– ¿Luis, cuál es tu nombre completo y con quién vives?

– Eeeh, ya es tarde, tengo que irme.

Las preguntas personales lo inquietan, pero no deja de sonreír. Se coloca de nuevo el instrumento sobre el hombro, dice adiós con la mano y emprende el viaje. Unos pasos adelante se detiene, voltea con una sonrisa y mirada de niño, y lanza una pregunta, que suena a suplica… ¿Señora, quiere ser mi novia? Y sin esperar respuesta se aleja y se pierde entre los transeúntes que retornan de sus trabajos.

A mi lado, un hombre, que durante su espera por el transporte público escuchó parte de la entrevista, me mira y ríe, al tiempo que con el índice derecho traza círculos imaginarios frente a su oreja. No sé a quién se refiere, si a Luis por hacer lo que hace o a mí por haber conversado con él. ¿Loco? Tal vez en esta época, todos lo estemos un poco.

Redacción y fotografía: Reyna Carreño Miranda

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