Asociación Zuliana de Ciegos: “Lo único que no podemos hacer es rendirnos”

Salga un momento a la calle, ubíquese en la acera más cercana, cierre los ojos e intente dar al menos 20 pasos. ¿Qué siente? Quienes tengan el coraje de realizar este breve y simple experimento podrán comprender en una ínfima medida, como es el sentir de una persona con discapacidad visual.

Sin embargo, perder la visión no es el final de la vida, sino un despertar a nuevas posibilidades, si se aborda desde la perspectiva que ofrece la Asociación Zuliana de Ciegos (AZC), institución que se encarga de educar y rehabilitar a los adultos con discapacidad visual, para insertarlos de nuevo a la sociedad.

Henry Avendaño tiene su historia. Pertenece a la asociación desde hace siete años, hoy está a la cabeza con el título de presidente y lleva una vida “feliz y productiva”, según su propio relato. Pero no siempre fue así.

Allí, en ese edificio de tres pisos que les sirve de sede, transcurre su vida y la de otros 230 asociados, quienes día a día fortalecen sus talentos y vocaciones sin necesidad de tener que ver hacia donde van, porque su camino está trazado desde el deseo de querer superar las adversidades.

“A los 50 años de edad perdí la visión por desprendimiento de retina y sentí que mi vida había terminado. Estuve año y medio encerrado, porque pensé que no tenía otra opción. Perdí mi capital financiero en busca de recuperar la vista, mi madre falleció, mi familia no pudo apoyarme y los que decían ser mis amigos desaparecieron. Me quedé solo”, explica.

Un buen día, en medio de tanta oscuridad, encontró una luz en la AZC. “La asociación cambió mi vida. Llegue a las 8.00 de la mañana y a las 10.00 ya estaba en el salón de clases aprendiendo Braille y dos horas después sentado frente a un computador”. Avendaño recuerda que jamás se interesó por aprender a manejar una computadora, pero ahora lo hace de manera fluida.

“Al principio, cuando volvía a mi casa, le pedía a Dios que amaneciera rápido para regresar a la asociación. Convivir con otras personas que están en mi misma situación me fortaleció, hasta el punto que yo estaba divorciado y aquí conocí a una buena mujer con quien tengo un hogar feliz”, sonríe y recuerda que el amor no es ciego, sino que ve con los ojos del corazón.

Hoy día, Avendaño no solo es el presidente de la AZC por cuarta vez consecutiva, sino que se desempeña como secretario de Relaciones Institucionales en la Asociación Venezolana de Ciegos, desde donde logró trascender sus horizontes, para tener formas más efectivas de atender y priorizar a las personas con discapacidad visual.

Seis décadas disolviendo tinieblas

La AZC fue fundada en 28 abril 1958 y este 2018 cumple 60 años. Avendaño comenta que la asociación nació de la iniciativa de 14 precursores que se afanaron en trabajar por las personas con discapacidad visual, justo cuando la democracia florecía en Venezuela. “Dos de los fundadores aún viven y son ejemplo de lucha, José Ángel Romay y Gladys Lucía Morillo”.

La educación es uno de los horizontes principales de la institución. “Estamos aquí para formar hombres y mujeres, para que se inserten a la sociedad en todos los aspectos, económico, profesional y emocional”.

Para cumplir con ese fin, la asociación cuenta con un salón de aprendizaje de Braille, un método de lectoescritura a través del tacto. También ofrecen talleres de crecimiento personal, un laboratorio de computación, cursos de locución, talleres de oficios como herrería, carpintería o masoterapia, entre otras actividades, todas completamente gratis.

“Tenemos el programa de radio Invidentes en marcha, que se transmite por Radio Fe y Alegría y Corpozulia 95.1 FM, aunque tenemos el proyectos de buscar otros espacios para abarcar, poco a poco, a los 21 municipios del Zulia y así llevar nuestra formación hasta los compañeros que no pueden venir a la sede”.

La AZC reúne a 230 miembros, a partir de los 15 años, aunque las estadísticas apuntan a que un total de dos mil 500 ciegos que hace vida en el estado, cifra que indica que menos del 10 por ciento de la población con discapacidad visual es atendida.

“Tenemos al menos una veintena de cantantes y también mucho talento deportivo quienes participan en festivales y torneos regionales, nacionales y hasta internacionales”.

Cero mendicidad

Entre los muchos logros que se atribuye la AZC está el rescate de las personas que obtenían recursos mendigando en la calle. “Nuestros asociados aprenden a trabajar y se gana el sustento, y la asociación posee sistemas de financiamiento a través de la autogestión y los aportes recibidos por empresas, ya que el gobierno carece de políticas sociales permanentes para apoyarlos”.

Una manera de obtener recursos es a través del alquiler de las oficinas y la mezanine del edifico sede, donde se ubica la asociación desde hace 30 años. “Con eso solventamos los gastos administrativos y del personal que tenemos: una secretaria y una aseadora. El oficial de seguridad lo aporta la Alcaldía”.

El comedor popular que funciona en el tercer piso se mantiene gracias a una alianza con la Fundación Programa de Alimentos Estratégicos (Fundaproal) y así pueden ofrecerle el almuerzo a quienes van cada día a recibir formación en la asociación.

Los aportes externos los recaudan a través de una campaña de captación de patrocinadores. “Desde hace 18 años visitamos a las empresas privadas, les presentamos nuestros programas sociales y ellos nos brindan sus aportes, como parte de la cuota de Responsabilidad Social que les corresponde. Cuando mucho, para solventar las dificultades de la situación país hacemos rifas o potazos, pero no tenemos gente pidiendo en la calle”.

Por todo lo alto

Para celebrar sus 60 años, la AZC espera editar un libro digital donde se recopile la historia y vida de la institución, con las biografías de fundadores y miembros destacados.

A la par se ocupan de levantar una data digitalizada de todos los miembros que han reunido durante las seis décadas, ya que muchos registros están en Braille o escritos a mano. También tienen su página web y redes sociales.

“Tenemos peticiones para quien pueda ayudarnos, como un ascensor para la sede, que le permita a nuestros asociados que tienen además discapacidades motoras o intelectuales, un acceso más fácil al área educativa y al comedor que está en el segundo y tercer piso, y tienen que subir por las escaleras”. Solicitan además la actualización de los equipos de computación que cuentan con más de 20 años de funcionamiento.

Otra solicitud es el respeto a las aceras, que son las balsas salvavidas de los ciegos. “No podemos transitar con seguridad en las aceras llenas de basura y tarantines, porque resulta peligroso que tengamos que lanzarnos a media calle para esquivar los obstáculos”, indica con pesar y completa con un último pedido: que les respeten la exoneración del 100 % del pasaje en el transporte público pesado interurbano y del 50 % en las rutas extraurbanas.

Con orgullo, Avendaño deja lo mejor para cerrar. “Hace un año un grupo de miembros constituyeron una empresa de producción social para fabricar sus bastones. La idea es satisfacer la necesidad interna de la asociación, pero también el mercado nacional e internacional. Para poder seguir adelante necesitamos los aportes, privados o gubernamentales, de personas que deseen invertir en este proyecto”.

Avendaño se apoltrona en su silla, la silla del presidente, y sonríe. Sus ojos, detrás de los cristales oscuros, sonríen también, con la satisfacción que los límites se los fabrica cada quien y la ceguera es una condición pero no una barrera. “El proceso de rehabilitación depende de cada persona y lo único que un ciego no puede hacer es rendirse”.

Instagram: @zulianadeciegos

Redacción: Reyna Carreño Miranda

Fotografía: Cortesía

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