Ferretería El Milagro: Un negocio donde lo único que no venden son sus principios

Un comercio dedicado al suministro de materiales de construcción, que durante medio siglo ha permanecido en la misma estructura, sin alteraciones ni expansiones, puede lucir como un contrasentido, pero al mismo tiempo encierra un gran testimonio del arraigo y estabilidad de sus cimientos tanto físicos como morales. Este es el caso de la Ferretería El Milagro, una empresa que se fundó literalmente con la honestidad como única base y capital de trabajo.

Ubicada justo en frente de la entrada principal del parque Vereda del Lago hay una casa centenaria que desde hace 50 años funciona como ferretería, pero su historia está atada a la de la familia Galbán, quien habitó en ella desde los tiempos en que la vía hoy conocida como El Milagro solo era una carretera “lomo de perro” que comunicaba a varios hatos dispuestos a orillas del Lago con el centro de la ciudad.

El nombre de la ferretería así como el de la avenida 2, provienen de la formación rocosa que se encuentra a sus espaldas, el cual le fue otorgado por estar cerca del punto donde en 1709 la lavandera María Cárdenas encontró el retablo de la virgen del Rosario de Chiquinquirá que marcaría por siempre la fe de los zulianos.

Hacer de tripas, corazón

La Ferretería El Milagro nació como una respuesta ante la adversidad. En 1964, a la edad de 38 años, Rafael Segundo Galbán había quedado sin empleo luego de trabajar durante varios años en una venta de insumos para construcción junto a otros miembros de su familia. Fueron tiempos de incertidumbre, pero aquel hombre estaba decidido a progresar en el ramo laboral que conocía, pero ya no como empleado sino como su propio jefe.

Durante tres largos años Galbán se esforzó por llevar el pan a casa mientras maduraba la idea de su propio negocio, pero necesitaba una sede con suficiente espacio y bien ubicada. La solución llegaría de su madre, María de los Santos Ferrer de Galbán, quien le puso a disposición su casa.

Como Rafael no tenía bienes de fortuna tuvo que procurarse un socio capitalista que lo respaldara y a finales de 1967, con sede y un stock de insumos recibidos a crédito, todo parecía estar listo para arrancar, pero la providencia tenía otros planes. El garante económico de la ferretería falleció de un paro cardíaco.

Sin solvencia monetaria, el novel empresario se sintió vulnerable y optó por hacer lo que le dictaban sus principios. Uno a uno, acudió ante los acreedores para explicar lo sucedido y devolverles la mercancía.

Solvencia moral

Todos los proveedores recibieron de buena gana los materiales, salvo uno, un empresario español de apellido Vilbén, quien al ver aquel gesto de rectitud le dijo a Galbán: “Yo le voy a dar a usted esa mercancía y me la va a pagar como usted quiera porque usted es un hombre honesto”. En ese momento Rafael había ganado algo más importante que dinero. Ahora tenía una reputación.

A pesar del importantísimo voto de confianza 1968 fue un año difícil. La ferretería se encontraba muy cerca de Cerros de Marín (la primera zona roja de Maracaibo) y tras su apertura sufrió 16 robos consecutivos que pusieron en riesgo su continuidad.

Preocupado por cumplirle a su benefactor, Rafael Segundo no quiso informar de aquellos eventos que podrían sonar a excusa, así que se dedicó a trabajar lo más duro que podía para saldar el compromiso de honor.

De alguna forma Vilbén terminó enterándose de lo ocurrido y le pidió a Galbán que descontara 50% del monto adeudado y de lo que le habían robado. Una vez más la voz se corrió entre los comerciantes y Rafael Segundo se ganó el apodo de “el hombre más honesto del mundo, el único que paga deudas de muertos”.

La aparente desventura que puso a prueba el temple de aquel hombre se tornó en una bendición y durante cinco décadas el fundador de la Ferretería El Milagro sacó adelante su negocio y a cuatro hijos a quienes inculcó los mismos valores de rectitud y trabajo duro.

Más vivo que nunca

Víctor Galbán, el hijo mayor de Rafael, cuenta que esos principios de familia siguen hoy tan presentes como su padre, quien a los 92 años acude todas las tardes a ayudar en el manejo de la empresa, a pesar de que en 2011 debió ser operado por complicaciones de la próstata y ahora dedica las mañanas a cuidar y acompañar a su esposa quien padece de Alzheimer.

“Gracias a Dios papá pudo mantener a flote el negocio y levantar cuatro hijos que son profesionales, claro que también hubo grandes instituciones como Gunaca (Gustavo Nava) y Bernardo Morillo, quienes vieron esa lucha y acompañaron a la ferretería con su respaldo”, acota Víctor, con visible orgullo.

El actual presidente de La Ferretería El Milagro, resalta con satisfacción que sus hijos Víctor Manuel y Rafael ya son la tercera generación que se involucra en el negocio, que ahora no solo es una institución solvente, sino que en todos sus años nunca ha tenido un litigio laboral, pues tratan a sus empleados como aliados y copartícipes del éxito de la empresa.

“Si nosotros comemos pan, ellos comen pan, si comemos pollo ellos comen pollo y si lo que nos queda es tomar agua y quieren seguir acompañándonos tomarán agua también”, concluye Víctor, al afirmar su padre sentó bases muy sólidas y los próximos 50 años serán de crecimiento ya que han pagado con creces todo el noviciado y se han comido “todas la verdes que a un negocio le puedan tocar”.

 

 

Redacción y Fotografía: Luis Ricardo Pérez P.

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