Residencias Mirador del Lago: De utopía multicultural a “Torre de Babel”

Más que un megaproyecto habitacional desarrollado por el desaparecido Ministerio de Fomento y la Fundación Instituto de Vivienda Cooperativa (Invica) entre 1972 y 1975, el Conjunto Residencial Mirador del Lago es un experimento social que reprodujo en un formato vertical ciertos aspectos de un modo de vida, solo conocido hasta entonces en los campos de las petroleras, pero con variables culturales únicas en la ciudad y el momento país.

Edificado sobre siete parcelas que suman un área total de 9.348,74 m2, la monumental estructura en forma de arco acostado cuenta con ocho ascensores y 162 viviendas de 127 m2 distribuidas entre cuatro torres contiguas de 20 plantas (dos apartamentos por piso), una conserjería y un apartamento adicional en el extremo sur.

Acrópolis marabina

Esta micro ciudad que se levanta en el cerro ubicado al comienzo de 5 de Julio con la av. 2C (casi llegando a El Milagro), cuenta con características que no se habían visto en desarrollos habitacionales hasta su llegada. Bases antisísmicas y techos de hormigón con sistema encofrado de cubetas al estilo C.C. Costa Verde, Maczul y Teatro Teresa Carreño, refuerzan el exterior de la estructura en las cornisas del comedor, sala, baños y cuarto principal, así como en los techos de la cocina, lavadero y balcón.

Las áreas comunes incluyen dos parques infantiles, una piscina semiolímpica (25 m. de ancho por 50 m. de largo) con bohíos y tumbadoras para asolearse, multicancha de futbolito, baloncesto, voleibol, tenis y frontón, plazoleta con mesas, mini tienda de víveres y áreas verdes con chaguaramos, palmeras, cocoteros, isoras, trinitarias, acacias y matapalos.

El nombre del conjunto residencial, que suele prestarse a confusiones por ser homónimo con la torre de observación del Parque La Marina, se deriva de su particular ubicación en el punto más elevado del sector cerros de Marín, casi a la par del edificio Banco Mara.

Los apartamentos fueron diseñados con amplios ventanales en sus áreas sociales y privadas para ofrecer a los residentes una excepcional vista al lago de Maracaibo, pero en los años 90’s y 2000 la panorámica fue quedando obstruida por los edificios que brotaron en sus inmediaciones, hasta el punto de que hoy solo los apartamentos de los últimos cinco pisos hacen honor al nombre de edificio.

Vecinos del mundo

Durante los primeros 20 años tras su fundación, la vida en el Mirador del Lago fue una experiencia multicultural. Residentes criollos de clase media se mezclaban con intelectuales, artistas plásticos y músicos que huyeron de las dictaduras del cono sur, así como con inmigrantes italianos, españoles, franceses y árabes que encontraron en Venezuela un futuro promisorio y pacífico.

Todos los fines de semana el característico voceo marabino se fundía entre parrilladas y cervezas con sus pares australes e ibéricos, mientras decenas de niños y adolescentes se divertían en las áreas comunes resguardadas por la gigantesca estructura que abrazaba a la comunidad como un muro protector.

Torneos de futbolito, competencias de natación, verbenas, un reinado interno y hasta un periódico (El Tolo), formaban parte de las actividades que promovían la Junta de Condominio y el Club Juvenil del edificio, creando una dinámica solo comparable con la de clubes sociales como Casa D’ Italia y Centro Gallego, a los cuales por cierto, pertenecían muchos de los residentes.

Contagiados de país

Aunque todavía quedan más de la mitad los propietarios originales, muchas cosas han cambiado. Cuando las dificultades económicas, sociales y políticas fueron escalando en el país, los descendientes de esa generación fundadora aprovecharon su pasaporte extranjero para regresar a la tierra de sus padres y abuelos, cerrando así el círculo migratorio. Otros simplemente crecieron y se casaron –muy probablemente con alguien del mismo edificio- y terminaron mudándose.

Los hijos del Mirador del Lago son una comunidad que trasciende el espacio físico y las fronteras. Numerosos grupos de Whatsapp y hasta páginas de Facebook congregan digitalmente a viejos afectos que solían departir todas las tardes en un teatro de público cautivo, conformado por padres y vecinos que sabían dónde estaban o qué hacían los suyos, con tan solo asomarse al balcón.

El conjunto residencial que llegó a ser apodado internamente como la OEA, ahora se parece más a una Torre de Babel. Sus habitantes, si bien hablan el mismo idioma, pocas veces logran entenderse, congeniar y mucho menos reunirse a disfrutar como en los viejos tiempos.

La estructura deteriorada por el salitre y el paso del tiempo, hoy luce restaurada en su parte estética, pero continúa fracturada en su espíritu.

Gobierno y desgobierno

La geopolítica interna de este súper-edificio suele con demasiada frecuencia desatar escollos entre vecinos que se quejan del funcionamiento de la administración y exigen atención inmediata a sus problemas, pero a la vez resienten los aumentos de las cuotas de un condominio que intenta cubrir las necesidades con el menor costo y personal posible.

Alicia González, secretaria de la administración del edificio, explica que la mayor dificultad que representa este tipo de comunidad está en gestionar el mantenimiento de sus enormes instalaciones, ya que la misma junta administrativa tiene que llevar al día -y con gran dificultad- las cuentas de lo que en términos reales terminan siendo cuatro edificios.

Ya desde hace varios años que la restauración de la piscina está paralizada por el aumento de los costos y la azotea requiere una impermeabilización urgente. Cuando llueve gotean los techos de los ocho apartamentos de los pisos 20.

González comenta que el mantenimiento de la iluminación, las tuberías y el portón de acceso son los gastos más recurrentes. Se averían constantemente por el uso y los apagones eléctricos, pero los grandes talones de Aquiles de la comunidad son el servicio de agua y los ascensores.

Aunque el índice de morosidad de los propietarios con el condominio es de casi un 20%, la proporción de apartamentos que se retrasa en el pago es distinta en cada torre. Esto ha llevado a que cada parcialidad se organice por separado en comisiones de agua y ascensor, llevando gestiones paralelas al condominio para el mantenimiento de esos recursos compartidos.

Por un lado la estrategia ha permitido soluciones más rápidas a la hora de reparar los sistemas o comprar camiones de agua en tiempos de sequía, pero por otro lado ha dado pie a rivalidades y desencuentros entre las distintas torres y críticas hacia la administración.

En términos generales el edificio mantiene una operatividad y aspecto que exceden por mucho la eficiencia de estructuras similares como el San Martin, pero en el Mirador del Lago la comunidad sigue luchando por mantener el nivel de vida que ha sembrado de añoranza a muchos que ya no viven en él, pero lo siguen llevando por dentro.

 

 

Redacción y fotografía: Luis Ricardo Pérez P.

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