“El Mársico”, un restaurante familiar donde poderosos y humildes comparten la mesa

En 45 años sus dueños no le han cambiado ni una pizca de sal a las recetas. Jamás han hecho publicidad y sin embargo, todos los días gente de los más diversos perfiles socioeconómicos, acude fiel y masivamente a compartir la mesa con extraños, para probar su inconfundible sazón casera. Mársico, más que un restaurante, es una familia para los amantes del buen comer en Maracaibo.

En horas de la mañana su presencia es casi indetectable en el tapón de la avenida 3H, sector Valle Frío. Un letrero de neón que siempre está apagado en el día y una sencilla puerta de metal, enmarcada en un pequeño pórtico con dos columnas, es todo lo que identifica su entrada en la fachada blanca y ocre del pequeño hotel donde funcionan, pero llegado el mediodía la afluencia de vehículos y clientes los hacen imposibles de ignorar.

La brisa fresca de diciembre y el olor del pescado al ajillo, el lomo horneado y su legendaria salsa bolognesa, dan la sensación de estar en algún pueblito en el sur de Italia. La cordialidad del personal y el sencillo carisma del propietario complementan ese feeling de posada europea.
Horacio Ramagniano llegó a Maracaibo hace 60 años, proveniente de Mársico Nuovo, un pueblo situado casi en el tobillo de la bota italiana, pero al igual que la mayoría de sus paisanos en Venezuela, conserva intacto su característico acento, así como el agradecimiento y afecto por la nación que lo adoptó de brazos abiertos.

“Este negocio lo comenzamos estrictamente mi señora y yo, pero con el tiempo se fue agrandando. Aquí la mayoría es comida casera italiana y criolla. Es un menú rico que tiene de todo. Los platos más frecuentes son el lomo y el pollo horneado, la cotoletta a la parmesana, milanesa de pollo o carne y el pescado, aunque lo más pedido siempre es la pasta con salsa bolognesa. Todas son recetas que yo aprendí hace 55 años en el hotel San José, que existía aquí cerquita, donde trabajé como ayudante de cocina, mesonero y de todo”, cuenta Don Horacio.

Hoy día su esposa, oriunda de la cierra de Coro, es quien regenta la cocina, pero el amable anfitrión confiesa con orgullo que fue él quien le enseñó a cocinar.

Ramagniano siempre tuvo una afinidad por el negocio de los restaurantes, por eso en los años 60’s incursionó en el ramo con un local alquilado frente a la Plaza de la República conocido como el Astor. Posteriormente junto a tres socios creó un establecimiento llamado Picnic Auto-Lunch, en las inmediaciones de la iglesia Las Mercedes, pero el deseo de hacer algo más grande lo condujo a vender su participación y abrir el restaurante y hotel Mársico en enero de 1972.

La costumbre de compartir mesas, muy característico de las posadas y hosterías italianas siempre ha sido una especie de shock cultural para los visitantes primerizos, pero el jovial restaurantero cuenta que los clientes se acostumbran rápidamente gracias a la calidad de la clientela que frecuenta el sitio. “Aquí viene mucha gente buena y nunca hemos tenido problemas con la clientela, por eso en las mesas uno puede ver juntos comiendo a funcionarios del gobierno, políticos, jueces, abogados, médicos y choferes”, apunta el propietario.

Como una persona de arraigados valores familiares, Don Horacio explica que en su hotel nunca se han permitido parejas sino familias, hasta el punto que cuando un viajero que se hospeda con ellos quiere llevar alguna compañía no se lo permiten.

Este concepto de cercanía y familiaridad se gesta sin ningún esfuerzo ya que entre el personal conformado por los hijos, yerno y esposa de Ramagniano también hay trabajadores que tienen más de dos o tres décadas trabajando. Igual pasa con los clientes que comenzaron a asistir cuando eran jóvenes y ahora regresan con sus familias y así sucesivamente, creando una tradición.

“Todos mis hijos trabajan aquí y mi señora está en la cocina, no sale de ahí; aunque tiene ayudantes y cocineros, ella no solo cuida lo que los demás están haciendo sino que trabaja con la gente porque al mediodía hay demasiado movimiento”, apunta Horacio al estimar que diariamente entre las 11.30 de la mañana y las 3 de la tarde acuden unas 150 personas, y los viernes el ritmo es más intenso.

Mársico también da servicio para el turno de la cena, desde las 6.00 de la tarde hasta las 8.00 de la noche, pero el dueño explica que antes trabajaban casi hasta las 10.00 y debieron ajustar el horario por las complicaciones que ahora hay en materia de transporte y seguridad para el personal cuando regresa a casa.

Si bien los hijos de Ramagniano son todos profesionales universitarios con carreras como administración, ingeniería y arquitectura, todos se han abocado al negocio familiar y guardan una gran afinidad con éste, por cuanto defienden la filosofía de que “es preferible esforzarse para hacer crecer algo propio que trabajar en otros lugares por salarios que no alcanzan para sostener a una familia, trabajando aquí viven todos tranquilos”, asegura el orgulloso padre.

Horacio estima que la ambición es una cualidad que va asociada a la juventud, por eso asegura que el futuro del hotel y el restaurante está en manos de la nueva generación, ya que a su edad no se distrae demasiado planificando cosas por adelantado; sin embargo, espera que sus hijos mantengan el negocio familiar y lo hagan crecer sin desviar el rumbo.

“Que no pierdan la esencia de lo que es, porque desgraciadamente hay negocios de restaurante que cuando dejaron la idea que tenían no echaron para adelante” concluye con una sonrisa el italiano que enseñó a los marabinos a comer juntos como una familia.

 

 

Redacción y fotografía: Luis Ricardo Pérez P.

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