El Costa Verde es como una señora “buenota”, esperando piropos

La franela Fred Perry de dos tonos arremangada hasta los hombros, los jeans Pepe Macho desteñidos con tubitos y unos botines Reebok azules de cierre mágico completaban el look. En Radio Reloj 1.300 AM, las gloriosas notas de Kenny Loggins con Footloose, aportaban la fanfarria triunfal de mi llegada al Centro Comercial Costa Verde de Maracaibo un sábado por la tarde.

Era diciembre de 1984. La cola de carros ingresaba lentamente por el acceso de la avenida 3G. El estacionamiento estaba a reventar. Todos querían llegar temprano para dar unas vueltas y hacer las compras de navidad antes de subir al cine a ver Los Cazafantasmas

El centro del universo

La entrada a la estructura de concreto armado en obra limpia era un bombardeo sensorial. A la izquierda, la música en Disconauta arrastraba a revisar los últimos hits de Sonográfica y Sonorodvén. En el medio, Chocolamú y The Grocery Store servían de escala para comprar chucherías para lo que vendría después. A la derecha, el olor de las papas fritas y el pepperoni en Burger King y Pizza Hutt eran un desafío a la fuerza de voluntad de cualquier mortal.

El módulo piramidal de la Librería Europa y el stand para fotografiarse con Santa flanqueaban el desnivel que baja hacia las mesitas que en los 90 albergarían al movimiento Post-mo y rockero. Esos mismos que temblarían al grito de “¡la recluta!” y el acoso del padre Palmar, con las supuestas “sectas satánicas”. Pero eso es otra historia.

La nave central era algo nunca visto e irrepetible hasta la fecha. Un ambiente fresco, desprovisto de aire acondicionado retaba el infierno exterior con fuentes de agua y jardineras plenas de helechos, trepadoras, gramíneas y palmas que nacen desde el nivel sótano hasta el trecho semi-abierto que funge como respiradero del microclima tropical y la estructura diseñada por la firma Asprino – Basil – Ferrer y ejecutada por la constructora Terranova.

El complejo de 6.100m² de construcción servía de recinto a tiendas y locales icónicos que marcaron el pulso de la modernidad y el progreso en la capital zuliana. Automercados CADA, Blanco y Negro, Zapaterías Rex, Salvador Peluquerías, Clemenza, Tritón, Arte 700, Foto Récord, Oro Arte, Tropicana, Montecristo, Momy, Recordland, Hallmark, Wrangler, Benetton, Zapatería Altamira, Video Color Yamín, Librería Europa, Maracaibo Infantil, Japonex, Dorsay, Fuller, Tienda Scout, Lenvill Club y Casa Zerizawa eran solo algunas de las más recordadas.

Gloria en las alturas

Jimmy Page, John Bonham y Robert Plant (Led Zeppelin) quizás nunca lo supieron, pero las “escaleras al cielo” eran un sitio real (al menos para mí), y quedaban ubicadas en los peldaños que van desde la fuente cuadrada de la planta baja, hasta La Tratoría del César y continuaban a mano derecha hacia un lugar celestial llamado Calle Vieja.

Antes de ser la sede del hoy clausurado Papa’s Bowling, el techo del Costa Verde fue una pequeña sucursal del paraíso con tiendas que asemejaban a las fachadas de las casas en la Maracaibo de antes.

Al pasar unas puertas de vidrio enmarcadas en aluminio, el rumor de las consolas Atari y Sega invitaban a fugarse del liceo para derrochar la mesada jugando Contra, Sonic, Mario Bros, Mortal Kombat y el infaltable Pac-Man.

El aire perfumado a aceite requemado y azúcar advertían la presencia de churros en el perímetro. Una tiendita ubicada frente a un farol de la calle derecha expendía la tradicional golosina, presentada en una inconspicua bolsa de papel marrón, casi transparente por la grasa.

Justo en el corredor que llevaba a la calle trasera, tiendas de bisutería y trajes de baño disimulaban el viaje hacia La Casa del Truco. Ya fuera para curiosear con los “juguetes groseros” en la sección para despedidas de soltera, o comprar chicles picantes y cigarrillos explosivos, aquella quincalla del ocio y la vagabundería era una parada obligatoria en cada visita.

La fuente de soda Los Tizones y sus mesas redondas con mantel fueron los precursores de lo que hoy se conocen como ferias de comida. Desde un pollo a la broster con papas fritas, hasta sándwiches y tequeños con ketchup podían pedirse en el pequeño restaurante ubicado a la derecha de la puerta de entrada.

La vida en celuloide

Ya en el cine la experiencia era como lo anunciaba la cartelera del periódico. “Amplias y lujosas butacas, un elegante hall y pantalla gigante con sistema de proyección y sonido de última tecnología” (claro, para la época).

Desde las cómodas poltronas de terciopelo Karate Kid, Beetlejuice, La Bamba, Footloose, Contacto Sangriento, El Retorno del Jedi, Operación Chocolate, La Generación Halley, Top Gun y Break Dance I y II afianzaron mi amor por el séptimo arte y grabaron en mi cerebro juvenil el concepto de “cool”.

Las escaleras con barandal de madera que conducían al estacionamiento a la salida de la sala, eran el punto de encuentro en un mundo sin celulares ni mensajes de texto. Volver a Costa Verde es toparse con el fantasma de mi yo adolescente esperando a que mamá pasara por mí en su Celebrity blanco del 83.

El primer mall de Maracaibo parece inmune a los efectos del tiempo. De no ser por las escaleras mecánicas inmóviles y los pisos de cerámica algo desgastados por el trajinar de los visitantes, el coloso de hormigón con techos encofrados luce casi igual al 2 de febrero de 1979 cuando abrió sus puertas al público.

Con atributos tan incuestionables como su ubicación privilegiada en la intersección de Bella Vista y Cecilio Acosta, el Costa Verde es como una de esas señoras que todavía están “buenotas” y solo esperan que “un pavo” se atreva a invitarlas a bailar, para enseñarle como se mueven las mujeres “de verdad-verdad”.

Esta joya arquitectónica es un diamante olvidado a plena vista que solo espera tiempos mejores para volver deslumbrar a nostálgicos y neófitos.

 

Redacción: Luis Ricardo Perez P.

Fotografías: Luis R. Péres y cortesía

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