“Bola” y pizzas por más de 65 años, “La Napolitana” no se rinde

Fundada por el señor “Pepe” (Giuseppe) en 1952 y dirigida por tres generaciones de la familia Bola, Pizzería La Napolitana hoy es el arquetipo de una institución que le ha echado precisamente “lo que dice el apellido de sus dueños”, para mantenerse como un símbolo inamovible de tradición, constancia y hasta rutina en el mercado de restaurantes de la ciudad.

A pesar de que en el transcurso de 65 años el local ha ido actualizando ciertos elementos como la mantelería, el techo, las sillas y los platos, para ganarle la batalla al deterioro y el uso, el lugar ha sabido conservar los detalles que persisten en la memoria de su fiel clientela, creando la ilusión de no haber cambiado desde que abrió sus puertas en la calle 77 (5 de Julio), entre la avenidas 4 (Bella Vista) y la 3Y.

Ciertas cosas nunca cambian

Al cruzar la puerta de metal y vidrio texturizado de colores azul y verde, el inmenso horno de ladrillo refractario con campanas de cobre -construido por un especialista italiano que vino al país exclusivamente a ejecutar la tarea-, da la bienvenida a los visitantes con un calor que abraza cual “nonna” que espera todos los domingos la llegada de sus hijos y nietos.

En la estancia principal los icónicos platos de plástico naranja, todavía decoran las paredes enmarcadas en ladrillo y madera barnizada, luciendo las firmas y saludos de ilustres comensales como Hilda Carrero, Reinaldo Armas, Wilfrido Vargas, Gilberto Correa, Amador Bendayán, Perucho Conde, Ivo Trino y Rómulo Betancourt. El aspecto es tan familiar que hasta la ampliación –casi siempre vacía- que ocupa el espacio de la antigua barbería del centro comercial, luce como si siempre hubiese formado parte del local.

Apartando la nostalgia, la familiaridad y el trato servicial de todo el personal, la experiencia gastronómica en La Napolitana depende de lo que pida el cliente, y el detalle está en que podría decirse que en este restaurante hay dos cocinas: La de la pizzería, donde todo está hecho al momento, y la del fondo a la derecha, donde la calidad y la consistencia se tambalean de vez en cuando.

La especialidad de la casa siempre ha sido por razones obvias la pizza, por la que no hay forma de equivocarse al pedir alguna de las exquisitas variedades que salen rápida y perfectamente tostadas de su confiable horno. Indistintamente del pizzero de turno, este plato ha mostrado una formidable calidad a lo largo de seis décadas, convirtiéndolo en el principal asidero culinario del restaurante.

No es cuestión de combinaciones osadas o ingredientes estrambóticos que desafían a las papilas gustativas, sino la simplicidad, frescura y familiaridad del producto, que junto a una preparación impecable, nos hacen sentir como el niño que se sentaba frente al mantel de cuadros en una silla donde sus pies todavía no alcanzaban a tocar el piso.

Tropiezos de rutina

El otro plato insignia de la casa, la coteletta de pollo o carne a la parmesana, es un poco más voluble y su valoración puede ir de aplausos y felicitaciones al chef, hasta una lacónica mueca que se traduce en “no es la mejor que me han traído”.

Para infortunio de quien escribe, este otrora espectacular plato, que debería ser descrito como “una crocante milanesa bañada en salsa napolitana y cubierta con mozzarella y parmesano gratinado”, no está en su mejor momento. Pese a seguir siendo “aceptable”, tiene la difícil tarea de competir contra su propia historia y hoy muestra los característicos síntomas de la rutina, la rotación del cocinero o la falta de supervisión. Quizás el relato sería otra si alguno de los Bruno (padre o hijo) hubiese estado en el negocio, por aquello de que “el ojo del amo engorda al caballo”.

El pollo ligeramente insípido, un queso sin gratinar y un contorno compuesto de arroz y puré frío, le restan hoy puntos a lo que siempre había sido un “tiro al piso”, pero quizás para el comensal no asiduo, la percepción pueda ser más benevolente que la de alguien que soñaba con la llegada del fin de semana para correr a degustar este tradicional plato impregnado de recuerdos y sabores.

El atento servicio de mesoneros como Nabis Quintero y Jorge Guardo, la conveniente ubicación y la seguridad perenne del establecimiento que abre de lunes a domingo entre 10.00 am y 11.00 pm, compensan en cierta medida el “tropiezo”, tal vez culpa del juego de la Vinotinto contra Paraguay, que distraía a visitantes y trabajadores por igual.

Con precios que oscilan entre 27 y 45 mil bolívares por plato, una cena para dos personas con refrescos y el infaltable servicio de pan tostado al ajillo, promedia los Bs. 100 mil (3,7 dólares a tasa no oficial). Tal vez no sea la opción más costosa ni la más económica de la zona, pero si lo que se busca un sitio con ambiente familiar, donde se puedan sentar grupos grandes y conversar sin tener que competir con la música o el televisor, La Napolitana es una opción confortable y segura, incluso a altas horas de la noche. Eso sí, al menos hasta nuevo aviso, asegúrese de pedir la pizza.

 

Para más información puede ingresar a:

Instagram: @pizzerianapolitana

Twitter: @pnapolitana

 

Redacción: Luis Ricardo Pérez P.

Fotografía: Cortesía

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